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Más de 14 barrios se unen en torno al fútbol como una apuesta por la convivencia, la prevención y el futuro de la juventud.
Por: Emilio Gutiérrez Yance
El sol caía con fuerza sobre el barrio La Candelaria, pero nadie parecía notarlo. En la cancha, el polvo se levantaba con cada jugada y el balón corría como si también tuviera prisa por llegar a su destino. No era un partido cualquiera. Era, sin decirlo en voz alta, una apuesta por algo más grande que el juego.
Magangué, acostumbrado al ritmo del río y a las historias que nacen en sus orillas, encontró en ese campeonato una forma distinta de narrarse a sí mismo. Esta vez no fueron las dificultades las protagonistas, sino los niños, los jóvenes y sus ganas de cambiar el rumbo a través del deporte.
La patrulla no llegó con sirenas ni urgencias. Llegó con balones, palabras y una idea clara: construir paz desde lo cotidiano. Bajo la estrategia del Laboratorio de Paz de la Policía Nacional, la cancha se convirtió en aula y el juego en lenguaje común entre quienes muchas veces no comparten más que el territorio.
Catorce barrios se dieron cita en ese pedazo de tierra que, por unas horas, dejó de ser solo cancha para convertirse en punto de encuentro. Allí, entre gritos de gol y risas sinceras, comenzaron a tejerse lazos invisibles, de esos que no aparecen en los informes, pero que sostienen a las comunidades.
El lema “Construyendo Paz a través del Deporte” no fue un eslogan repetido al viento. Se sintió en cada pase, en cada mano extendida para levantar al que caía, en cada gesto de respeto que reemplazaba cualquier intento de conflicto. Porque a veces la paz no se firma: se juega.
Desde una esquina, el coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, comandante del Departamento de Policía Bolívar, observaba la escena con la serenidad de quien entiende que los cambios verdaderos no hacen ruido inmediato, pero sí dejan huella:
“El deporte es una herramienta poderosa para transformar vidas. A través de estas estrategias del Laboratorio de Paz, estamos brindando oportunidades a nuestros niños y jóvenes, alejándolos de entornos de riesgo y acercándolos a escenarios de convivencia, respeto y construcción de futuro”.
En medio del partido, con el uniforme empolvado y la respiración agitada, uno de los jóvenes participantes resumía lo que allí estaba ocurriendo, sin necesidad de discursos elaborados:
“Aquí no solo venimos a jugar fútbol, también aprendemos a respetarnos, a compartir y a pensar en un futuro mejor. Estos espacios nos motivan a hacer las cosas bien y a alejarnos de los problemas”.
Y tenía razón. Porque más allá del marcador, lo que se disputaba era otra cosa: la posibilidad de elegir caminos distintos. De entender que el compañerismo puede ser más fuerte que la rivalidad, y que el respeto puede imponerse incluso en medio de la competencia.
Los padres observaban desde la sombra, algunos con los brazos cruzados, otros con aplausos espontáneos. Los líderes comunitarios asentían en silencio. Sabían que ese tipo de encuentros no solo entretienen: transforman. Que cada jornada como esa es una pequeña victoria contra el olvido y la indiferencia.
Cuando el balón dejó de rodar, el barrio no volvió a ser exactamente el mismo. Quedaron las risas, el cansancio y una sensación difícil de explicar, pero fácil de reconocer: la esperanza. Esa que aparece cuando alguien decide apostarle a la vida, incluso en los lugares donde más se necesita.