Juan, Mares de letras. Nominado a Titán Caracol

Juan, Mares de letras. Nominado a Titán Caracol

Por: Mario Hoyos

Mientras en Urabá la muerte hacía su fiesta, en una casona vieja al lado del parque de Los Artistas, en Apartadó, un grupo de amigos le hacía el quite a las balas tras el escudo frágil del papel y las letras. Corrían los años 80s. y 90s, los muertos se contaban por montones y ya no quedaba rincón dónde esconderse, escasamente aquel donde reinaba el cálido susurro del verso, la glosa de los cuentos y la oralidad de los mitos, leyendas e historias sin contar, en medio de libros viejos tirados en desorden a lo ancho y “pancho” del suelo de una biblioteca de mil trescientos libros destartalados, en la viaja Casa de la Cultura. 

Entre aquellos contertulios sobresalía un personaje de bigotes enormes y risotadas de “picó”, quizá el más entusiasta de todos, cual niño embelesado por un descubrimiento nuevo, un juguete fascinante que tomaba las formas que su imaginación le daba, sin límites de espacio y tiempo: la palabra. Esa que fue madurando al paso de los años hasta convertirse en un adalid literario en la región de Urabá.

Pleno de energía juvenil, empacó en una mochila de rayas tres mudas de ropa, las que usaba, y partió de su Córdoba de infancia, dejando atrás el sosegado, lento y callado mundo del campesino para adentrarse en los recovecos de una región rica en oportunidades y problemas. Esos que nunca faltan.

Cuando salió de la región del Alto Sinú no lo hizo para Urabá, venía para la carretera. Así le decían a este territorio de empuje bravío: La carretera.

Llegó a Urabá a cultivar banano, era eso o arrimarse a cualquier grupo armado que en la zona hervían, para empuñar un “fierro” y enlodarse la vida. Sólo a eso podía aspirar en la zona bananera por su escasa educación, segundo de primaria a medio masticar, pues solo había terminado su primero de primaria en doble jornada, cuando apenas había cumplido siete años en San Carlos, al oriente de Medellín y el segundo lo había empezado, sin poder terminarlo, en cinco ocasiones, en distintas escuelas de Antioquia y Córdoba por las urgencias en la casa paterna para cubrir las labores del campo. 

No duró mucho entre los racimos, 10 años que le enamoraron de esta tierra y dejar rodar allí sudor y sangre entre zarzas; pero no era lo suyo vivir manchado de banano y se empleó como taquillero y a veces de celador en la terminal de buses de Apartadó, donde pasaba las horas despachando conduces, una especie de impuesto por  uso de la terminal, sin apenas tiempo para darle gusto al gusto de leer, al que soltaba las riendas en sus noches, esas tan suyas, donde se sumergía arrullado por los versos de Bécquer, Neruda, Machado, Whitman, Jaramillo Escobar o Aurelio Arturo y muchos más, mientras a lo lejos se escabullían, cobardes, los estruendosos sonidos de la parca en el viaje sin regreso de algún otro.

Era obvio su camino. A la primera oportunidad se matriculó para terminar sus estudios básicos de primaria y secundaria, y fue cuestión de tiempo para verlo en las aulas de la Universidad de Antioquia, sede Urabá, comiendo libros en procura de ser Licenciado en Literatura, para cumplir un sueño de niñez, un logro en la vida, porque ya de literatura y letras era un maestro.

Y mientras tanto…

Mientras, el destino tiraba sus cartas en la vida de Juan Mares, nombre con que firma sus libros, cuya segunda parte corresponde a un acrónimo que compuso con los apócopes de sus dos apellidos (Martínez Restrepo), Urabá seguía ahogándose en terror y la clorofila se nutría de savia y sangre.

En carne propia sintió el miedo extremo aquella noche lluviosa. Camino a una de las fincas bananeras le salieron dos hombres, uno con una escopeta gemela de tipo italiana, iba medio ebrio y para resumir, al otro día se fue de susto, pues ese día supo lo que es tiritar de miedo. Ya para esos días era coordinador en una finca, cuando el estaño estaba bajito para coordinadores, administradores y capataces. El destierro tocó la vida del poeta.

Alejado del Urabá de sus amores, entristecido y sintiéndose animal extraño en casa de sus padres, Juan empezó a conocer el éxito. Su primo hermano (Luis Guillermo Restrepo Ramos, quien era el líder de las Juventudes Liberales y a su vez el presidente de la Colonia de Apartadó en Medellín, leyó sin su permiso unos manuscritos e impactado por la belleza de algunos textos, los publicó a espaldas del autor bajo el nombre de: “Voy a ver pantalla chica”, poco poético y ajeno a la sensibilidad del maestro. Una fea edición, eso sí, con muy buena fe.

El impacto fue maravilloso. Sólo a su regreso a Urabá, un tiempo después cuando las condiciones de seguridad le permitían llegar sin poner en riesgo su vida, aclarado el asunto, vivió la admiración que había dejado su primer libro: Poteas y Pirontes. Un nuevo horizonte se le abrió para seguir pergeñando sus versos y leerlos en los campamentos de “Machosolos” en los “sábados pobres”, cuando no había quincena.

Fue nombrado director de la naciente Casa de la Cultura del Municipio y desde allí, bajo su soledumbre, jalonó la creación y construcción de su segunda sede de la Biblioteca, en la que se acurrucaron en medio de las balas: la Biblioteca Municipal Federico García Lorca, bautizada así en homenaje a uno de los más grandes poetas de España, y financiada por medio de una ONG a nombre del pueblo español, desde un proyecto presentado por la bibliotecóloga Rosalbina Gallego.

Enseñar y tertuliar en verso

Docente por naturaleza, se vinculó como profesor en uno de los colegios del pueblo. La época del bananero, el celador y el taquillero de la Terminal es parte del viaje que de estación en estación había dejado atrás. Desde allí empezó a regar la semilla de la literatura entre quienes se animaron a la aventura, que por obra y arte de este Quijote y su grupo de sanchopanzas creció con los días, llegando a conformar el Taller Literario Urabá Escribe, a cuya tertulia nocturna de los viernes era un placer asistir para tres propósitos: escuchar buena poesía, aprender de los maestros y envalentonarse a leer en público las creaciones propias. Además, condimentó con un eslogan que reza: Tres asuntos nos convocan cada ocho días a la reunión: “Tomarnos un tinto, hablar de literatura y hacernos amigos.”

Las publicaciones se sucedieron una tras otra y con ellas los viajes. Invitaciones de varias universidades españolas y mexicanas le permitieron brindar recitales en esos países, donde acudió como figura central de encuentros poéticos. Increíblemente, la aceptación en el exterior reñía con el cuasi anonimato en Urabá, donde el tenerlo tan cercano no permitía ver el resplandor de su luz. Se había convertido en paisaje citadino. El éxito no se le subió a la cabeza ni le esquiló el selvático bozo.

Ya no se conformó con sus alumnos. La semilla de las letras universales empezó a germinar entre los campos y veredas de la región, adonde acudía para mitigar los temores de la gente en medio de la crisis y los sinsabores.

Este trabajo que ignaramente para algunos no lo es, ese inclaudicable amor al arte de la lírica, su valentía para responder con versos al estruendo del estaño, hoy lo tiene postulado al premio Titanes Caracol; pero Juan, más que un Titán, es un enorme monumento como símbolo del que nunca pierde la fe, porque en Urabá el camino al mañana se escribe con ritmo de vida.

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