
Por: Orlando Díaz Atehortúa
La sencillez es una virtud que suele llegar con la madurez: el arte de reducir lo complejo a lo elemental, sin artificio ni ostentación. No es lo mismo ser simplón que ser sencillo. Simple, es quien despacha un tema crucial en dos minutos, sin un análisis serio; sencillo, quien no aparenta y procura coherencia entre lo que dice y lo que hace.
La prepotencia y las ansias de dominar al otro parecen hoy el pan de cada día. Las redes sociales y algunas autoridades nos hacen creer que solo existe una mirada, la de la virulencia, y que la meta es superar a los demás, aunque resulten aplastados. Pululan los trepadores que se encaraman en hombros ajenos, mientras la fraternidad y la colaboración desinteresada van en retroceso. Somos seres sociales: nos necesitamos.
Algunos personajes públicos impresionan, además de lo dicho, por su enconado narcisismo y una galopante sinrazón, creando ambientes de retaliación y de odio hacia quien piensa distinto. Así, se favorece el contagio emocional: la tendencia automática, consciente o no, a sintonizar con los sentimientos ajenos. Es un mecanismo de supervivencia para encajar en un grupo de prestancia, llámese partido político o fascismo, como ocurrió en la Italia de Mussolini y en la Alemania de Adolf Hitler. Elaine Hatfield lo estudió en 1993 y comprobó que las emociones de los líderes se propagan como fuego. También lo comprobé: un nieto le dijo “alimaña” al otro. Le pregunté de dónde sacó esa expresión y respondió con simpleza: El señor presidente la dijo.
La autoridad no necesita levantar la voz, ni exigir adhesiones obligadas e inmediatas. Se reconoce por la serenidad, por aceptar la crítica, aunque incomode, y, a veces, por desplegar un humor fino y crítico, que nos enseñó a disfrutar el inmolado Jaime Garzón. Por ello, resulta relevante la escena en la que el «tigre de papel», ante alcaldes y gobernadores, gritó: «¡Aplaudan, aplaudan! ¿Por qué no aplauden?».
Ortega y Gasset, en La rebelión de las masas (1930), analizó la relación entre hombre-masa, liderazgo y autoridad: «El mando es el ejercicio normal de la autoridad», fundado en una opinión pública saludable y voluntaria, no en la fuerza. Y advirtió sobre el hombre-masa, quien renuncia a pensar por sí mismo y entrega su juicio a quien habla en su nombre. El problema comienza cuando quien dirige deja de ofrecer una orientación razonable y, en su lugar, convierte su voluntad en una voz única. Los ciudadanos dejan de participar en lo público y se limitan a obedecer, olvidando cómo nació la Constitución de 1991; algunos de sus pilares son la búsqueda de la paz y de un orden justo.
Resulta delicado el giro que se le está dando por parte del gobierno y los mandos militares y policivos a la protesta social. Se ignora lo dicho por la Corte Constitucional sobre las manifestaciones pacíficas y, para colmo de males, se presenta un proyecto de ley, en extremo peligroso, para quienes reclaman sus derechos ante los evidentes recortes que se están presentando. Igual de grave es, se reitera, llamar «alimañas» a personas sancionadas penalmente, impropio de un Estado social de derecho, o cuando se ataca, de buenas a primeras, la presunción de inocencia. La criminología y el derecho penal persiguen conductas delictivas; es un derecho de acto y no de autor; la dignidad de todo ciudadano, aun sentenciado o investigado, merece respeto. Así, se observa que, con el accionar de ADLE, el humanismo está retrocediendo siglos en nuestro país.
La verdadera fuerza de un gobernante no radica en ordenar aplausos, sino en sus resultados. Se necesita más sencillez, más humildad y menos soberbia. También se requiere que los ciudadanos puedan pensar, disentir, manifestarse y exigir razones sensatas al gobernante sobre su discurrir político, incluso cuando muchos aplauden.
Orlando Díaz Atehortúa
Columnista