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Muchos niños en preescolar sorprenden porque recitan colores, números, canciones o frases completas. Eso suele dar tranquilidad en casa, pero no siempre significa que comprendan lo que aprenden. En educación inicial, memorizar puede coexistir con dificultades para explicar, relacionar ideas o usar ese conocimiento en situaciones cotidianas. La diferencia es clave, porque en los primeros años se forman bases cognitivas y socioemocionales que marcarán aprendizajes posteriores.
Por eso, más que preguntar si el menor “se sabe” algo, conviene observar cómo piensa con eso que aprendió. “La capacidad de memorizar no es sinónimo de comprensión, un niño puede repetir una información y aun así no haberla procesado”, explica Karen Pionce Gómez, directora de la Licenciatura en Educación Infantil de Areandina, sede Valledupar. La señal más útil, dice, aparece cuando el pequeño formula preguntas.
Ahí está una primera pista para madres, padres y cuidadores: si el chico pregunta “¿por qué pasa eso?”, “¿qué pasaría si…?” o intenta comparar lo aprendido con algo de su vida diaria, está mostrando pensamiento. También hay comprensión cuando puede explicar con sus palabras lo que entendió y aplicarlo en un contexto distinto. “La clave está en la transferencia del conocimiento: cuando el niño usa lo aprendido en otra situación, ya no estamos hablando solo de memoria”, afirma Pionce.
Un ejemplo sencillo ayuda a verlo: repetir los colores puede ser memoria; decir “mi camiseta es azul como el cielo” muestra relación, lenguaje y comprensión. Si un pequeño escucha una historia y luego la narra a su manera, recuerda detalles, hace inferencias simples —por ejemplo, que un personaje está triste porque perdió su juguete— o conecta la historia con una experiencia propia, hay señales de aprendizaje significativo.
Estas señales importan en un momento donde las brechas en comprensión lectora siguen siendo una preocupación en el país. Aunque pruebas como PISA evalúan a estudiantes mayores, el mensaje para la primera infancia es claro: no basta con repetir información; se necesita comprensión, lenguaje, curiosidad y capacidad de relacionar.
Cómo mirar el proceso en casa sin convertirlo en examen
Una buena noticia para las familias es que no se necesita aplicar pruebas para saber si la educación inicial está funcionando. Lo más útil es conversar y observar. Preguntas cotidianas como “¿Cómo estuvo tu jornada?”, “¿Qué hiciste hoy?”, “¿Qué fue lo que más te gustó?” o “¿Puedes contarme la historia de otra manera?” ayudan a ver si el niño organiza ideas, recuerda con sentido y comunica lo que entendió. También sirven preguntas de transferencia: “¿Cómo usarías eso en casa o con tus amigos?” o “¿Qué pasaría si cambiamos el final?”.
“Las preguntas abiertas fomentan pensamiento crítico, creatividad y expresión; le permiten al menor construir una respuesta propia, no solo repetir lo que oyó”, señala Pionce. Aquí el tono del adulto también cuenta: escuchar con paciencia, sin corregir de inmediato ni presionar por la “respuesta correcta”, favorece que el niño se arriesgue a pensar y explicar.
Otro punto sensible es la tecnología. Tabletas, aplicaciones e incluso herramientas con inteligencia artificial pueden ser aliadas en educación inicial, pero no por el solo hecho de usarlas. Lo importante es observar qué tipo de experiencia promueven. Si ayudan a dibujar, inventar historias, conversar, resolver problemas o jugar con otros, pueden fortalecer lenguaje, creatividad y pensamiento. Si solo se usan para repetir ejercicios mecánicos, con respuestas cerradas y poca exploración, su aporte es limitado. “La tecnología sí puede potenciar el desarrollo, pero debe convertirse en herramienta de exploración y diálogo, no de repetición automática”, advierte la docente.
Además del aprendizaje académico, la docente de Areandina insiste en mirar el desarrollo socioemocional. Curiosidad, capacidad de hacer preguntas, empatía, convivencia y autonomía son indicadores centrales. Un niño que intenta vestirse solo, ordenar sus juguetes, servirse agua, elegir un juego o explicar cómo resolvió un problema muestra independencia progresiva, confianza y capacidad de decisión, con acompañamiento adulto. “La autonomía no es dejar al niño solo; es guiarlo para que haga por sí mismo y gane seguridad”, concluye Pionce.