Triunfar y cantar

Triunfar y cantar
Por: Jimmy Méndez
Suponía que no había nada más estremecedor que escuchar a los franceses cantar La Marsellesa a voz en cuello antes de un partido mundialista.
Hasta que hoy escuché a los ingleses entonar “You´ll Never Walk Alone” luego que Liverpool aplastara al Barcelona en la semifinal de la Champion League.
“Nunca Caminarás Solo” comenzó a brotar de las gargantas de más de 60 mil aficionados, una vez terminada una gesta que pasará a la historia, para ir creciendo como una inmensa ola espiritual que inundó gradas y césped, en el que los jugadores vencedores, con lágrimas en los ojos, se apretaban en una cadena de abrazos y corazones de leones.
Sublime, espeluznante, conmovedor, lo que demuestra que estos grandes estadios son las catedrales modernas que reemplazaron a las Notredames y San Pedros de la antigüedad, para ungir a supremos sacerdotes modernos, que ofician en un ballet plástico sobre un rectángulo esmeraldino, combustionando en el pecho de las multitudes hermosas pasiones, que palpitan bajo las casacas de sus divisas.
Los graderíos de estas catedrales modernas tienen vida propia, es un solo aliento que se hincha y convulsiona entre banderas gigantescas.
Nada diferente a la antigüedad, cuando los cruzados, o los romanos, o los mal llamados bárbaros, estremecían los campos al galope de sus sueños empuñando banderas y entonando himnos, que les daban más fuerza y valor que sus aceros y escudos.
Los catalanes, muy dados a sabotear himnos, como el de España o el de la Champion League –que es bellísimo- debieron soportar esta tarde en Anfield esta hermosa canción que fue brotando de las gargantas y los corazones de los fanáticos del Liverpool, hasta volverla su himno.
Son los momentos sublimes que nos da el deporte.
¡Qué bueno!… lo prefiero a ese baldado diario de noticias sórdidas en los noticieros, que nos arrojan cada noche las porquerías del alma humana.
Prefiero jornadas como esta de hoy, cuando un grupo de luchadores no se dieron por vencidos ante la corte del Rey Messi y fueron labrando en su catedral un triunfo impensable, hasta cuando se escuchó, no el tañir de la campana del monaguillo que anuncia el final de la homilía, sino un pito terrenal que sellaba el final del partido, dando rienda suelta a un sentimiento espontaneo y colectivo que se convirtió en una comunión que abrazaba a una multitud de feligreses ataviados de rojo, embriagados de triunfo… el más hermoso de todos, el impensable, el improbable.
Este texto fue tomado del muro de Facebook de Jaime (Jimmy) Méndez.