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Sincerín el pueblo que aún guarda en su memoria cuando la muerte se disfrazó de agua y taruya

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El pueblo aún guarda en su memoria la mañana gris del 1° de septiembre de 1978, cuando la muerte se disfrazó de agua y taruya para segar la vida de decenas de inocentes. Fue en la Troncal de Occidente, a la altura del puente cercano a la parada principal de Sincerín, donde la carretera parecía tenderse tranquila, sin anunciar la desgracia.

Ese día, el bus de la empresa Brasilia venía repleto, con pasajeros en los asientos, de pie, colgados en la puerta, como si la vida apretada dentro de aquel vehículo no pudiera escapar al destino. Entre los testigos quedó grabada la voz de Argelia Zúñiga de Guardo, quien recuerda que sus familiares, Carmelo Guardo Serrano y su hermana Elisa, esperaban en la segunda parada. El bus no se detuvo a recogerlos: iba demasiado lleno. Ese gesto mínimo el no subir al vehículo se convirtió en la línea invisible que separa la vida de la muerte.

El bus avanzó apenas unos metros después de recoger a los estudiantes del Colegio Benjamín Herrera de Arjona. Fue entonces cuando el conductor, al entrar al puente, perdió el control. La mole de hierro y llantas se llevó por delante la baranda, y cayó de cabeza en el canal. El agua no estaba sola: sobre ella descansaba una espesa sábana de taruya de más de dos metros, que se cerró como un sudario verde, ocultando todo debajo de su manto.

Dicen los sobrevivientes o más bien el único sobreviviente que fue el ayudante del bus quien quedó tendido sobre la taruya, como sostenido por una mano invisible. Una palanquera lo alcanzó con el brazo y lo arrancó a la muerte. Los demás, atrapados dentro del vehículo, no pudieron salir: el agua, la taruya y la fatalidad les cerraron todos los caminos.

Los nombres de los estudiantes que nunca regresaron a sus casas aún se pronuncian como si fueran oraciones: Elisia Dominga Santamaría Moscote, Gregorio y Silfredo Blanco Alvarado, Belisario y Nilsa Sarmiento, Gregorio Julio, Gil Alfaro, Dilcia Pomares, Iris y Delcy Guardo Villalobos.

Eran jóvenes con sueños intactos, vidas apenas abiertas como flores de septiembre. El pueblo dice que, desde aquel día, en las madrugadas de Sincerín, cuando la brisa sopla desde los canales, se escuchan voces juveniles que parecen reír y cantar, como si el viento llevara aún la ilusión de aquellos muchachos que la muerte quiso arrebatar.

Sincerín lloró, Arjona lloró, y todo Bolívar guardó luto. La tragedia no solo quedó escrita en las páginas de los periódicos, sino en la memoria de cada familia. Porque aquel bus, al hundirse bajo la taruya, no solo se llevó vidas: se llevó también la certeza de que el camino era seguro.

Hoy, al recordarlos, decimos: paz en sus tumbas, luz eterna para sus almas, y memoria viva en nuestros corazones.

Autor: Cruz Vanoir