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Ausentismo en el Congreso vuelve a frenar la jurisdicción agraria y aviva críticas al compromiso legislativo

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La jurisdicción agraria volvió a quedar en el limbo. Otra vez una ley destinada a las comunidades rurales más vulnerables fue frenada, no por falta de argumentos, sino por la vieja mecánica del bloqueo: romper el quórum, ausentarse de las sesiones o aparecer con excusas de última hora.

Los congresistas no fueron elegidos para esconderse. Fueron seleccionados para asistir, deliberar y votar. Ese es el mandato que recibieron en las urnas. Cuando se ausentan, sin justificación, no incurren en una mera descortesía parlamentaria: le fallan al país.

La Constitución es clara. El artículo 183, en su segundo numeral, indica que se perderá la investidura si se falta a seis reuniones plenarias en un mismo período de sesiones, donde se voten proyectos de ley, actos legislativos o mociones de censura. No es un detalle reglamentario, es un deber funcional. Una obligación constitucional.

Además, este tipo de torpedeo envía un mensaje devastador: que la institucionalidad es incapaz de corregir sus propias fallas y de responderle con eficacia a una ciudadanía agotada de esperar soluciones. Cada sesión frustrada profundiza la sensación de un Congreso atrapado entre el cálculo político, la indiferencia y la desconexión con la realidad social.

¿De qué sirven entonces unos legisladores inmóviles, convertidos en convidados de piedra, fríos y distantes frente a las necesidades de quienes los eligieron?

Habrá que ver si quienes resulten elegidos para presidir el Senado y la Cámara, en la legislatura que se avecina, le ponen, por fin, un tatequieto a estas aberrantes e irregulares conductas, que erosionan la confianza pública y entran de lleno en el terreno disciplinario.

No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista. El país necesita compromiso, no silencios estratégicos, ni ausencias deliberadas.

Adenda 1.

La campaña de Paloma Valencia parece haberse desinflado. Buscar refugio en caciques políticos cuestionados difícilmente puede venderse como un compromiso con la anticorrupción. Su acercamiento a Johnny Besaile, en Córdoba, dice bastante sobre el futuro del país, de ser elegida. Antes, ya habían llegado a sus filas Wilmer Carrillo y Ciro Ramírez, ambos condenados por corrupción. Las alianzas, en política, suelen decir más que los discursos. Besaile lo afirmó: “Valencia sí piensa en los pobres”. Yendo Paloma en contravía de este decir, al oponerse al

Bono pensional y la reforma agraria.

Adenda 2.

A Abelardo de la Espriella se le nota cada vez más su incoherencia. Presentarse como outsider, mientras recibe el respaldo de políticos y estructuras políticas en entredicho, vuelve frágil su discurso de independencia. Detrás suyo aparecen nombres y grupos como Mauricio Gómez Amín, Ernesto Macías, “Creemos” de Federico Gutiérrez, Colombia Justa y Libres, Salvación Nacional, Fuad Char, el clan regional más poderoso del país, el senador guajiro Alfredo Deluque, del partido de la U. Amanecerá y veremos.

Adenda 3.

Toda la solidaridad con la familia del joven periodista Mateo Pérez Rueda, asesinado en Briceño, Antioquia. Su muerte volvió a poner sobre la mesa una verdad amarga: en varias regiones del país los grupos armados, como las disidencias del Frente 36, de alias Calarcá, siguen imponiendo su ley, mientras el Estado retrocede. El mandatario está prácticamente de salida. El deterioro del orden público quedará como uno de los lunares más oscuros de su administración.