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¿Cuándo un consejo de salud se vuelve peligroso?

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En medicina, no todo lo que circula merece confianza. Un audio reenviado por WhatsApp, un video sin fuente, una publicación que promete curas rápidas o una cadena que pide actuar “antes de que sea demasiado tarde” pueden parecer inofensivos, pero también pueden empujar a decisiones peligrosas. El problema no es solo creer información falsa, es actuar con base en ella. En Colombia, donde buena parte de las recomendaciones cotidianas se comparte entre grupos familiares, vecinos y amigos, la desinformación en salud ya no es un asunto menor, al contrario, es un riesgo real para personas, hogares y comunidades.

Nathaly Rozo, docente de la Maestría en Salud Pública de Areandina, sede Bogotá, advierte que este fenómeno debe entenderse como un problema de salud pública y no solo como un desorden de redes sociales. “La era digital ha puesto en evidencia la infodemia en salud”, explica. Ese concepto reúne tres formas de circulación problemática de información: “la desinformación, cuando el contenido es falso o impreciso; la misinformación, cuando alguien lo comparte sin verificar; y la malinformación, cuando se usa información real, pero fuera de contexto o con intención de generar daño”, dice.

La gravedad del problema está en la velocidad con la que estos mensajes se mueven y en la carga emocional que suelen tener. Según Rozo, las noticias falsas se difunden seis veces más rápido que las verdaderas en X, antes Twitter. ¿Por qué? “Porque apelan al miedo, a la indignación, a la sorpresa o a la esperanza extrema, y eso reduce la capacidad de analizar con calma. Si además el mensaje coincide con lo que una persona ya cree o teme, la tentación de reenviarlo sin confirmar aumenta”, agrega.

Por eso, una de las primeras tareas para cualquier usuario es aprender a reconocer las señales de alerta. Conviene desconfiar de contenidos que prometen que algo “lo cura todo”, que anuncian “esto te mata”, que afirman que “los profesionales de la salud no quieren que sepas” o que presentan un mismo remedio como solución para múltiples enfermedades sin relación. También debería prender alarmas un mensaje sin fecha, sin contexto, sin nombres verificables y sin referencia clara a una institución, estudio o profesional responsable. Si además llega en un audio de cadena o en un video sin identificación, la precaución debería ser todavía mayor.

Entonces, qué revisar antes de creer, probar o reenviar

El punto más delicado aparece cuando esa información no se queda en la pantalla, sino que modifica conductas. “Seguir consejos e información sobre medicamentos, remedios caseros o tratamientos alternativos sin consultar a un profesional de salud puede tener consecuencias graves”, advierte la docente de Areandina. Este riesgo, añade la experta, “puede generar automedicación, intoxicaciones, interacciones peligrosas entre remedios caseros y medicamentos formulados, retraso en la consulta médica y abandono de tratamientos en personas con enfermedades crónicas”.

Uno de los ejemplos más claros fue el uso indiscriminado de dióxido de cloro durante la pandemia, asociado a intoxicaciones e incluso muertes documentadas en América Latina. Pero el problema no termina ahí. La difusión de consejos “médicos” sin sustento también favorece prácticas como el uso de antibióticos sin fórmula ni necesidad clínica, algo que impulsa la resistencia a los antimicrobianos: los microorganismos se fortalecen y dejan de responder a medicamentos que sí podrían ser necesarios después.

Frente a ese panorama, la recomendación más útil es aplicar una regla sencilla antes de compartir cualquier contenido de salud: ¿quién lo dice?, ¿cuándo fue publicado?, ¿hay una fuente verificable? Si una de esas respuestas falta, lo prudente es no reenviar. También ayuda establecer una pausa de verificación personal y familiar: esperar un momento, revisar con al menos dos fuentes confiables y contrastar si la información coincide con lo que dicen autoridades sanitarias o instituciones reconocidas.

En Colombia, las primeras fuentes para verificar deberían ser el Ministerio de Salud, el Instituto Nacional de Salud, el Invima, la Supersalud y las universidades. En el plano internacional, la OMS y la OPS siguen siendo referentes clave. Además, en casa vale la pena acompañar a los adultos mayores, que suelen ser más vulnerables a este tipo de contenidos, y enseñarles a revisar mejor lo que reciben antes de asumirlo como cierto.