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La historia de Abelardo López, un pescador que dejó una huella imborrable en el corazón de su pueblo.
Por: Emilio Gutiérrez Yance
En el Magdalena, donde el río canta cumbias y las estrellas bailan al son de un acordeón, Abelardo López sembró amor en doce retoños y una cosecha de nietos que floreció como cañaverales bajo el sol. Su huella, imborrable como los versos de un juglar, quedó grabada en el corazón de su pueblo. Así nacen los fragmentos de personajes de mi tierra magdalenense y sus alrededores, que he venido escribiendo en distintas madrugadas para darle oficio a las letras y recrear el pensamiento.
Una de esas historias es la de Abelardo López, a quien conocí por ser novio de una de sus hijas. Al ir de visita a su casa, el viejo, quien contaba con 75 años, me sorprendió al pedirme que le escribiera una frase de esas bonitas que le hacía a Claudia. Y me citó una que se había aprendido a peso de leerla: “La vida es un sendero por donde se avanza sin parar, siendo el tiempo su guía que nos lleva a buscar el amor”. Enseguida recalcó, “Que sea contundente”, y tenía razón el veterano pescador, dicharachero y aficionado al aguardiente, parrandero y mujeriego quien tuvo un total de 12 hijos con seis mujeres.
Grande era el compromiso de escribirle una frase a ese veterano de mil batallas en el amor. Lo miré a los ojos, notando su cara seria, con su cuerpo acomodado en un taburete y fumándose un tabaco que llenaba el aire con un aroma terroso y dulce. Entonces, le escribí en una hoja de cuaderno: “Abelardo López, hace todo tan bien que el amor nunca se cansa de visitarlo”.
Al escuchar la frase, sus ojos se inundaron de lágrimas brillantes, espejos de un alma que recordaba amores y parrandas. Su voz, quebrada como un verso de Escalona, apenas pudo musitar palabras de agradecimiento. Señaló, con una sonrisa melancólica, “Dios me tiene que dar más vida para seguir viendo la cosecha de nietos que son la prolongación de mi existencia”. Él murió un día después de cumplir 79 años.
En aquel momento estaba lejos, pero le escribí otra frase al viejo Abelardo López: “Se fue de viaje a la eternidad, dejando tras de sí un eco de risas y recuerdos que resonarían para siempre en el corazón de quienes lo amaron”. A Claudia, su hija, le mandé un mensaje por la pérdida de su querido padre, y le agradecí por haberme dado en aquellos años un espacio en su corazón que ahora tiene dueño.
Cuentan los viejos del pueblo que Abelardo, al oír de una sirena que encantaba en un pueblo lejano, vendió sus mejores bocachicos y, en su canoa, desafió al Magdalena, remando contra la corriente y el sol de justicia. Quería ver si era verdad que esa mujer tenía el embrujo de una canción de Leandro Díaz. Al encontrarla, no dudó en declararle su amor con la misma pasión y valentía que había demostrado en su travesía. Aunque el amor no floreció en esa ocasión, Abelardo regresó a su pueblo con la satisfacción de haber seguido su corazón hasta el fin del mundo.
En una fiesta del pueblo, Abelardo conoció a una joven llamada Soledad. Al ritmo de la cumbia, Abelardo la invitó a bailar. Sus movimientos eran tan elegantes y apasionados que todos los presentes se detuvieron a admirarlos. En ese instante, el tiempo pareció detenerse, y Abelardo supo que Soledad era alguien especial. Aunque su relación no duró para siempre, ese baile quedó grabado en su memoria como un momento mágico e irrepetible.
Claudia, al recibir la noticia, me dijo entre sollozos: «Mi padre siempre fue un faro para nosotros. Su alegría era contagiosa, y su amor incondicional. Aunque su partida nos deja un vacío inmenso, su legado de amor y alegría vivirá para siempre en nuestros corazones».