

*¡No era flojo, tenía prisa por cumplir sus sueños!
Por: Arnaldo Castillo Andrade
Luis Alfredo Bertel convirtió la pereza en humor, un celular en herramienta de trabajo y sus sueños en una apuesta por salir adelante._
En San Juan Nepomuceno, Bolívar, había un personaje que parecía no tener ninguna prisa por la vida. Podía estar dormido mientras los demás trabajaban, sentado en cualquier lugar sin hacer nada o buscando la manera de esquivar una responsabilidad. Si había que cuidar una finca, allí aparecía; si tocaba estar en el campo, también; y hasta llegó al despacho municipal para interpretar a un asistente del alcalde en uno de sus videos. Pero, sin importar el oficio, el escenario o la situación, había algo que nunca cambiaba: él siempre era El Flojazo. Así lo conocieron miles de personas en las redes sociales y así comenzó a convertirse en uno de los personajes más reconocibles de su pueblo.

Pero detrás de aquel muchacho que frente a una cámara parecía no tener ganas de hacer absolutamente nada, había una historia completamente diferente. Su nombre era Luis Alfredo Bertel Arrieta, tenía apenas 22 años y había nacido y crecido en San Juan Nepomuceno. El Flojazo era un personaje; Luis Alfredo era un joven que quería salir adelante, continuar estudiando, conseguir una manera digna de ganarse la vida y demostrar que desde un municipio como San Juan Nepomuceno también era posible construir una historia en las redes sociales.

Durante una etapa de su vida se fue a Cartagena, donde permaneció durante siete años, antes de regresar nuevamente a la tierra donde había crecido. Volvió con sueños y con la decisión de no quedarse atrás. Terminó sus estudios y tenía claro que quería seguir preparándose. Mientras encontraba ese camino, trabajaba ayudando a un señor en una casa finca, donde entre sus labores estaba atender las vacas, una vida sencilla que también le permitió construir una amistad que valoraba profundamente. Fue desde esa cotidianidad, lejos de grandes escenarios y producciones, donde comenzó a tomar forma la historia del creador de contenido.
La idea de convertirse en creador de contenido llegó casi por casualidad. Un primo lejano fue quien lo animó a comenzar y juntos grabaron un video tipo vlog sin imaginar que aquella primera experiencia terminaría abriendo una puerta. No esperaban grandes cantidades de reacciones ni pensaban que muchas personas fueran a interesarse en lo que estaban haciendo. Sin embargo, las respuestas comenzaron a llegar y decidieron seguir grabando. Después vino otro video, y luego otro, hasta que poco a poco fueron encontrando una fórmula que funcionaba: situaciones cotidianas, personajes cercanos a la gente y, en el centro de todo, El Flojazo, un personaje construido alrededor de la exageración de la pereza para convertirla en humor.
El personaje terminó convirtiéndose en la esencia de sus redes sociales. Luis Alfredo podía transformarse en campesino, trabajador o de lo fuese, pero siempre conservaba aquella característica que lo hacía reconocible: era el hombre que no quería hacer nada, el que prefería dormir, el que siempre parecía estar cansado y el que encontraba en la flojera una manera de construir una historia. Era una representación divertida de ese “flojazo” que en el Caribe colombiano todos entienden cuando escuchan la palabra. Y precisamente por eso comenzó a conectar con la gente. No necesitaba grandes producciones ni equipos sofisticados para generar una reacción; bastaba un teléfono celular, una situación sencilla y la creatividad para convertir cualquier escena en una pequeña historia.
El equipo detrás de aquellos videos era reducido. Grababan con un teléfono celular y ellos mismos se encargaban de editar el material. No contaban con grandes apoyos económicos ni con una producción profesional. Eran jóvenes intentando abrirse camino con las herramientas que tenían a su alcance. Luis Alfredo hablaba de ello con la ilusión de quien apenas comenzaba a descubrir que aquello que había iniciado casi como un juego podía convertirse en una oportunidad de vida. Quería que las redes sociales crecieran, que llegaran los ingresos y que el proyecto pudiera sostenerse, pero, sobre todo, quería demostrar que había una manera distinta y honesta de salir adelante.
Su sueño no era únicamente tener seguidores. Quería ser alguien en la vida, cumplir sus metas y, una vez alcanzara sus propios objetivos, ayudar a otras personas. Había decidido apostar por la creación de contenido porque quería encontrar un camino honesto, una alternativa que le permitiera progresar sin apartarse de lo que consideraba correcto. “No me pienso quedar atrás. Quiero ser alguien en la vida. Voy a seguir estudiando”, decía al hablar de su futuro. Era una frase que mostraba al verdadero Luis Alfredo, muy distinto de aquel personaje que frente a la cámara parecía estar siempre dispuesto a dormir y a no hacer nada.
Y mientras El Flojazo crecía en las redes, algo más importante comenzaba a ocurrir en las calles de San Juan Nepomuceno. La gente empezó a reconocerlo. Ya no era solamente el muchacho que aparecía en la pantalla de un teléfono; era alguien que podía encontrarse caminando por el pueblo y al que de repente alguien llamaba por su nombre artístico. Lo abrazaban, lo saludaban, le pedían fotografías y le hablaban de sus videos. Esa reacción de la gente era una de las cosas que más ilusión le producía, porque significaba que aquel personaje que había comenzado grabando con un teléfono ya había conseguido un lugar en el corazón de su comunidad.
Su crecimiento también empezó a sentirse fuera del municipio. Los comentarios llegaban desde diferentes lugares de Colombia e incluso desde otros países. Algunos seguidores le contaban que sus videos les ayudaban a desconectarse del estrés, a olvidarse por unos minutos de sus problemas o simplemente a reír. Y para Luis Alfredo eso tenía un valor especial. Detrás de las publicaciones no veía únicamente números, reproducciones o seguidores; veía personas. Personas que encontraban en sus ocurrencias unos minutos de alegría. Esa era, en buena medida, la razón por la que quería continuar y por la que soñaba con llevar su contenido mucho más lejos.
Llevaba menos de tres o cuatro años creando contenido y ya hablaba de un sueño mucho más grande: quería darse a conocer en toda Colombia y llegar algún día a otros lugares del mundo. Sabía que apenas ‘estaba comenzando’, pero también sentía que el camino se estaba abriendo. Cada nuevo seguidor, cada comentario positivo y cada persona que lo reconocía en la calle eran señales que lo animaban a continuar. “Con ayuda de ustedes, sé que lo voy a lograr”, decía con la confianza de quien todavía tenía muchos capítulos por escribir.
Ese lunes 21 de septiembre de 2026, la noticia de su muerte golpeó a San Juan Nepomuceno y convirtió en silencio muchas de aquellas risas que durante semanas habían circulado por las redes sociales. Luis Alfredo Bertel Arrieta murió demasiado joven, cuando apenas comenzaba a descubrir hasta dónde podía llegar su personaje, cuando su aldea digital todavía estaba creciendo y cuando sus sueños estaban más relacionados con el futuro que con los recuerdos. La noticia no solo alcanzó a quienes lo conocían personalmente; también tocó a quienes habían descubierto a El Flojazo a través de un video y, sin saberlo, habían terminado acompañando los primeros pasos de un joven que quería convertir las redes sociales en una oportunidad.
Hoy, al mirar sus videos, quizás resulte imposible no encontrar una mezcla extraña entre la risa y la tristeza. Allí sigue apareciendo El Flojazo, con su particular manera de representar al hombre que no quería trabajar, que prefería bostezar y que siempre encontraba una excusa para hacer reír. Sigue estando el personaje que interpretó como campesino, como arreglador de motos, como trabajador y hasta como ayudante del alcalde. Sigue estando esa versión exagerada y divertida de la flojera que se convirtió en su sello. Pero ahora, detrás de cada escena, también aparece el recuerdo de Luis Alfredo: el joven que trabajaba, que quería estudiar, que quería salir adelante y que soñaba con ayudar a los demás.
Quizás esa sea una de las mayores paradojas de su historia: el hombre que se hizo famoso interpretando a un flojo era, en la vida real, un joven que tenía prisa por cumplir sus sueños. Quería crecer, quería estudiar, quería generar ingresos, quería ayudar a su familia y a otras personas y quería llevar el nombre de San Juan Nepomuceno mucho más lejos. El personaje podía pasar horas floheando frente a una cámara, pero Luis Alfredo estaba despierto, pensando en lo que quería construir para su vida.
Ahora quedan sus videos, sus fotografías, las historias que compartió y los recuerdos de quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo más allá de una pantalla. Queda también la memoria de un joven que, con un teléfono celular y un pequeño equipo de trabajo, consiguió hacer que muchas personas se detuvieran durante unos minutos para reír. Y queda un pueblo que hoy lo recuerda no solamente como El Flojazo, sino como Luis Alfredo, el muchacho de 22 años que comenzó a conquistar las redes sociales desde San Juan Nepomuceno y que, aunque apenas estaba empezando, alcanzó a dejar una huella que ya no depende de cuántos seguidores tenga una cuenta.
Porque los personajes pueden desaparecer cuando se apaga una cámara, pero las historias permanecen. Y la de El Flojazo quedó grabada en las calles de San Juan Nepomuceno, en quienes lo abrazaron, en quienes se tomaron una fotografía con él, en quienes rieron con sus ocurrencias y en quienes hoy vuelven a mirar sus videos con un sentimiento diferente. Luis Alfredo quería darse a conocer en toda Colombia y llegar al mundo. Tal vez no alcanzó a ver hasta dónde podía llegar, pero en su pueblo ya había conseguido algo que ningún algoritmo puede medir: convertirse en alguien que será recordado.