De ganarse cien pesos en Bazurto a tener siete hijos policías: la herencia de los Peñaranda
La historia de Danilso Alfonso Peñaranda Hernández comenzó entre las necesidades de una familia cartagenera. Hoy, su vida y la de sus siete hijos que siguieron la carrera policial representan una manera de entender los 135 años de la Policía Nacional, patrimonio vivo de los colombianos.
Por: Emilio Gutiérrez Yance
A los once años, Danilso Alfonso Peñaranda Hernández ya sabía cuánto costaba ganarse cien pesos. Los buscaba en el Mercado de Bazurto, entre el bullicio de los vendedores, los cargadores y la gente que salía a conseguir el sustento. Mientras otros niños jugaban, él pensaba en cómo ayudar a su mamá. La vida no le había dado muchas oportunidades, pero aquel muchachito cartagenero terminaría convirtiéndose en policía y viendo cómo siete de sus doce hijos escogían el mismo camino.
Su padre lo abandonó cuando apenas tenía dos meses de nacido. Desde entonces, doña Elvia tuvo que hacer de mamá y papá. Lavaba ropa, planchaba, cocinaba en restaurantes y trabajaba en casas de familia. Danilso creció mirando el sacrificio de aquella mujer que salía a trabajar sin saber cuánto conseguiría al terminar la jornada. A veces había poco, pero ella nunca dejó de luchar para sacarlo adelante.
La pobreza los hizo cambiar de domicilio. Vivieron en el Pie de la Popa y después llegaron al barrio Lo Amador. El muchacho comenzó a lavar carros para comprar sus útiles escolares y también trabajó como albañil. No le tuvo miedo al rebusque. Había aprendido que quedarse cruzado de brazos no era una opción cuando en la casa había necesidades.
En esos años conoció a Joaquín Franco Burgos y a su esposa, Cecilia Reins Cavas, quienes se convirtieron en sus padrinos y lo ayudaron a ingresar a la Policía Nacional. De don Joaquín guardó para siempre dos palabras que escuchaba con frecuencia: «Estamos vivos». Parecían sencillas, pero tenían mucho significado para alguien que había conocido las dificultades desde pequeño.

El primero de noviembre de 1985, con diecinueve años recién cumplidos, Danilso ingresó como agente. Todavía no tenía cédula y necesitaba conseguirla para cobrar su primer sueldo. Su destino inicial fue Valledupar. Atrás quedaban las madrugadas de Bazurto, los trabajos ocasionales y aquella niñez de carencias. Comenzaba una vida distinta, aunque jamás olvidaría de dónde venía.
Por eso, al conocer su historia, resulta inevitable recordar una expresión de Simón Bolívar, escrita en una carta a José Rafael Revenga. El Libertador decía que hubiera querido disponer de una fortuna para compartirla con los colombianos, pero reconocía: «No tengo más que un corazón para amarlos y una espada para defenderlos». Danilso tampoco había tenido dinero de sobra. Su mayor riqueza estaba en lo que había aprendido de su madre: trabajar honradamente, ayudar a los demás y no avergonzarse jamás de sus orígenes.
Durante 21 años vistió el uniforme. Conoció las exigencias del servicio, asumió responsabilidades y levantó una familia junto a María, la mujer con quien compartió su vida. Cuando llegó el retiro, se marchó sin investigaciones disciplinarias. Para él, haber terminado su carrera con el nombre limpio era motivo de orgullo.
Lo que vino después convirtió su historia en algo poco común. En 2006, Alex Andrés recibió su grado como policía. Al año siguiente lo hizo Danilso José. En 2010 siguió John Jairo y, dos años más tarde, Julián Enrique y Nilson Javier. Cinco hijos habían escogido la misma profesión de su padre. La tradición continuó con Sindy Cecilia, graduada en 2014, y María del Carmen, quien recibió su grado en 2022.
Siete hijos policías. Siete decisiones que llenaron de satisfacción a aquel hombre que un día tuvo que buscarse la vida entre los puestos de Bazurto. Pero Danilso sabía que vestir el uniforme también significaba sacrificios. Por eso nunca dejó de aconsejarlos. Quería verlos crecer profesionalmente, ascender y, sobre todo, no cometer errores que echaran por tierra tantos años de esfuerzo.
La distancia tampoco borró los lazos familiares. Sus hijos fueron destinados a distintas regiones del país y las reuniones quedaron sujetas a las obligaciones del servicio. Había, sin embargo, algo que los mantenía unidos: todos conocían la historia de aquel padre que empezó desde abajo y de una abuela que se ganó el pan lavando y planchando ropa ajena.
Este 5 de noviembre, cuando la Policía Nacional cumple 135 años, la historia de los Peñaranda adquiere un significado especial. El reconocimiento de la institución como patrimonio vivo de los colombianos también se entiende a través de familias como esta, que han entregado buena parte de sus vidas al servicio del país. Porque detrás de cada uniforme hay padres, madres, esposas, hijos y personas que esperan el regreso de quienes salen a trabajar.

El director general de la Policía Nacional, mayor general Jesús Alejandro Barrera Peña, ha planteado que el futuro de la institución debe construirse sobre tres compromisos: sus policías, su transformación institucional y el servicio cercano a los ciudadanos. La familia Peñaranda permite ponerle rostro al primero de ellos. Su historia también recuerda que la vocación necesita formación, rectitud y el respaldo de quienes acompañan al uniformado en casa.
Danilso dijo alguna vez que, si volviera a nacer, escogería nuevamente ser policía. No pidió riquezas ni reconocimientos. Su deseo era que Dios protegiera a sus muchachos y les permitiera terminar sus carreras con la satisfacción del deber cumplido. Quizás doña Elvia, aquella mujer que tantas veces llegó cansada de trabajar para darle de comer a su hijo, nunca imaginó hasta dónde llegaría su esfuerzo.
Y es que aquella familia que un día tuvo tan poco terminó construyendo una herencia que no se mide en dinero. Ocho uniformes, contando el del padre, y una misma historia de servicio. Danilso no les dejó una fortuna a sus hijos. Les enseñó que el apellido se honra con la conducta y que el mayor orgullo de un policía es poder regresar a casa con la frente en alto.
135 años de historia. Policía Nacional, patrimonio vivo de los colombianos.




