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Por: Orlando Díaz Atehortúa
Aproximadamente a diez días de las elecciones presidenciales del 31 de mayo, Colombia atraviesa un momento político en extremo tenso e incierto. Algunas encuestas —y las formas en que se interpretan sus resultados— han contribuido a crear un ambiente de inquietud, poco saludable, que genera ansiedad y una nefasta polarización. Esto distorsiona el debate democrático, que debería basarse en propuestas reales para ayudar al pueblo.
La encuesta de tracking Yanhass, divulgada el 16 de mayo, ubica a Iván Cepeda como triunfador, en primera vuelta, con cerca del 38% de la intención de voto. Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella aparecen empatados con un 23%. En una eventual segunda vuelta, Valencia superaría por un margen mínimo a Cepeda. Otro ejercicio estadístico, basado en mediciones del Centro Nacional de Consultoría y divulgado recientemente por la revista Cambio, mostró un panorama similar: Cepeda oscilaría entre el 38% y el 40% en primera vuelta; Abelardo, alcanzaría un 24%; Paloma Valencia, un 19%. En el Centro, Sergio Fajardo, un 3%, y Claudia López, un 2%; así, estarían rezagados, por debajo del voto en blanco y sin mayor capacidad de sorprender.
A estos datos se suma, según el medio La Silla Vacía, un elemento de peso decisivo: el 28% del electorado aún no ha definido su voto. Jóvenes y mujeres constituyen la verdadera joya de incertidumbre en esta contienda. Así, el problema estadístico parecería tener una respuesta provisional: Cepeda pasaría a segunda vuelta. Entre Abelardo y Valencia, se disputarían el segundo lugar, donde, según los sondeos, De La Espriella tiene más fuerza en la intención de voto entre las mujeres.
Sin embargo, en los últimos días, la recta presidencial se ha degradado de forma superlativa, tanto en las formas como en el fondo, con ataques personales, frases incendiarias y episodios que poco contribuyen a la discusión seria de las ideas.
Uno de esos momentos polémicos ocurrió cuando la señora Valencia, refiriéndose a su contradictor de derecha, afirmó: «Que vayan buscando dónde esconderse, porque yo no necesito ni chaleco antibalas, ni una urna de cristal, como la que usan los cobardes». Unas expresiones injuriosas que, lejos de fortalecer el debate, profundizan la crispación de los ánimos. Frases incompatibles con la serenidad democrática que en estos momentos exige el país.
No es todo. En el episodio protagonizado por Abelardo de la Espriella, durante una entrevista, el candidato le insinuó a una notable periodista que realizara un acercamiento, mostrándole una foto y diciéndole: “Cariño, no seas tímida. Hazle zoom para que veas el bulto». Aunque ofreció disculpas, la comunicadora manifestó sentirse vulnerada, acosada y asqueada por una actitud misógina y de irrespeto a su labor profesional, hecho que calificó como gravemente bochornoso.
Quedan flotando en el aire preguntas que el electorado no puede ignorar. ¿Tan llena de misoginia y machismo está nuestra sociedad, que una mujer profesional debe aceptar de un candidato unas trasnochadas excusas? Y, si así trata el señor Abelardo a las mujeres y a los periodistas en campaña, ¿cómo sería su comportamiento si llegara a ser primer mandatario?
Las palabras importan. Las frases sueltas suelen revelar más del carácter de un candidato que sus discursos cuidadosamente preparados. Estos episodios deben poner en alerta a todos los ciudadanos cuando estén frente a las urnas. Virtudes como la prudencia, el respeto institucional, el don de gentes y la elegancia, al pronunciar las palabras, deben tenerse en cuenta al ejercer el sagrado derecho al voto. Preguntémonos si los postulados presidenciales tienen una capacidad efectiva en la búsqueda de la paz, si sus diálogos son sanos y pulcros, y si genuinamente ponen al frente la búsqueda del bienestar para toda la sociedad.
Colombia atraviesa un desgaste evidente en el lenguaje público y una nefasta polarización que amenaza aún más a la sociedad. En medio de tanta estridencia, la objetividad del elector será decisiva. Las encuestas son apenas fotografías temporales —y no pocas veces amañadas—. El voto, en cambio, definirá el rumbo institucional del país, más allá de las simpatías ideológicas, de los tamales repartidos o de los favores prometidos. El verdadero desafío consiste en preguntarse qué tipo de democracia queremos defender y qué clase de liderazgo estamos dispuestos a premiar en las urnas.
Orlando Díaz Atehortúa —
Columnista