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En medio del debate sobre el futuro energético del país, Colombia enfrenta un problema de enfoque: la discusión pública se ha planteado como una elección entre energías renovables y gas natural, cuando la realidad del sistema eléctrico muestra que ambas fuentes cumplen roles distintos y complementarios.
Actualmente, la matriz energética colombiana sigue dependiendo en gran medida de fuentes hidráulicas, que pueden representar cerca del 65%–70% de la generación en condiciones normales. Sin embargo, esta dependencia hace al sistema vulnerable a fenómenos climáticos como El Niño, que llegará al país a mediados de septiembre y que reducirá los niveles de los embalses y presionan la confiabilidad del suministro.
En este contexto, el gas natural ha funcionado como una fuente de respaldo clave para garantizar estabilidad en momentos de baja generación hídrica. Al mismo tiempo, la capacidad instalada de energías renovables no convencionales, como solar y eólica, ha venido creciendo en los últimos años, aunque todavía representa una proporción menor dentro del total del sistema.
Pese a esta realidad técnica, la conversación pública ha tendido a simplificar el debate en términos de reemplazo inmediato, generando una percepción de incompatibilidad entre fuentes que, en la práctica, operan de manera complementaria. Esta desconexión entre el funcionamiento real del sistema y la forma en que se comunica tiene implicaciones directas: aumenta la incertidumbre, dificulta la toma de decisiones informadas y puede afectar la confianza tanto de los usuarios como de los inversionistas.
“La transición energética no es una sustitución inmediata de una fuente por otra, sino un proceso de coexistencia. Plantearla como una decisión binaria no solo es impreciso, sino que puede generar confusión en un momento crítico para el país”, señala Luis Iglesias Monsalve, experto en comunicación energética en Colombia.
En un escenario donde la demanda energética continúa creciendo y los desafíos climáticos se intensifican, avanzar hacia una transición ordenada requerirá no solo decisiones técnicas y regulatorias acertadas, sino también una comunicación más clara que refleje la complejidad del sistema y permita alinear expectativas entre actores públicos, privados y ciudadanos.
Colombia produce actualmente alrededor de 795 millones de pies cúbicos diarios de gas natural, mientras que la demanda nacional supera ese nivel, lo que ha obligado al país a recurrir a importaciones para cubrir el déficit. Hoy, cerca del 21 % del gas consumido es importado, una situación que introduce presiones sobre costos, competitividad y seguridad energética.
En este contexto, el gas natural no solo cumple una función de respaldo, sino que actúa como un habilitador de la transición energética. Su capacidad para generar energía firme y flexible permite integrar fuentes renovables intermitentes como la solar y la eólica, compensando su variabilidad y garantizando continuidad en el suministro eléctrico.
“Plantear la transición energética como una decisión de “sí o no”, o como un reemplazo inmediato de una fuente por otra, desconoce la complejidad técnica y operativa del sistema energético”, explica Iglesias. “Cuando se simplifica de esa manera, se pierde de vista cómo funciona realmente el sistema y se corre el riesgo de tomar decisiones que afectan la confiabilidad y encarecen la energía”.
Reducir el debate a una lógica de sustitución puede incluso generar efectos adversos, como el aumento en el uso de energéticos más contaminantes ante la pérdida de competitividad del gas.