

Murió el 22 de febrero de 1942 en Petrópolis, Brasil. Sobredosis de barbitúricos. Tenía sesenta años. Entre sus obras mayores: la Novela de ajedrez, Carta de una desconocida y Momentos estelares de la humanidad —retratos de instantes en que el destino de personajes o de una civilización, giran sobre un filo invisible de una navaja.
El mundo de ayer es uno de sus testamentos. Zweig reconstruye la Europa de su juventud: una civilización cosmopolita donde la cultura fluía en los cafés de Viena, las universidades de París, las salas de concierto de Berlín. Se observaban centenas de ciudadanos de distintas religiones y orígenes, que se encontraban para debatir, escucharse y crecer bajo el signo común de la razón y el progreso.
Luego, llegó la Primera Guerra Mundial. No solo cayeron gobiernos; se rompió la confianza entre los seres humanos. El cosmopolitismo fue aplastado por un nacionalismo sin matices. La exaltación emocional ocupó el lugar del razonamiento crítico. El otro, el diferente, el que no encajaba en el relato del ungido por las mayorías del pueblo, se convirtió en amenaza.
Lo que Zweig describe, con una precisión que estremece, es que nada de esto sucede de súbito. Hay un veneno que corre por las arterias, antes de que nadie sepa que está enfermo. Primero, se erosionan los valores de la cultura, decantados por las constituciones. Luego, la sinrazón se normaliza. La realidad se reduce al ataque sistemático de derechos conquistados. El debate limpio se convierte en trampas y en condenas morales. La virulencia se levanta como un caldo de cultivo cotidiano, ya sea explícita o implícita.
El poder no se instala en el vacío. Permea sobre instituciones a las que el ciudadano había aprendido, primero, a querer o tolerar, y luego, con lenguajes retóricos y taimados, se incrustan fanatismos poco recomendables. Próximo paso: atacar los tribunales, los intervinientes de oposición en el Congreso, los intelectuales, de la vena contraria a quienes detentan el poder, no dejándo de lado a la ciudadanía demócrata y contradictora, mellándole credibilidad y vulnerando sus derechos fundamentales, entre ellos, el de opinar.
La vigencia de Zweig no es un accidente literario: es una advertencia. La cultura no es un adorno de la democracia; es una de sus condiciones de existencia. La civilización no muere cuando caen los gobiernos. Fenece cuando los ciudadanos dejan de defender sus derechos: la libertad de conciencia, el debate honesto, la convivencia entre distintos. Stefan lo vio, lo vivió y lo escribió, con la elegancia de quien describe su propia derrota. Su obra es un espejo que vale la pena decantar, antes de que sea demasiado tarde.
Adenda:
El nombramiento de Viviane Morales como ministra de Educación causa profunda preocupación. Sus posturas, en extremo conservadoras, y su religiosidad a ultranza, representan un retroceso grave para la educación pública, laica e incluyente. En su primera intervención, anunció refundar la educación en valores cristianos, atacar las «militancias ideológicas» de izquierda. En los currículos y en aulas, «meter a Dios». Ese lenguaje anuncia posibles retrocesos para los derechos de la población LGBTIQ+, el aborto, la eutanasia, la equidad de género, entre otros. Desde ya se sabe por quién están doblando las campanas: el pensamiento crítico, la libertad de cultos y el agnosticismo están en vilo. Es hora de que se entienda que nuestra Constitución Política acaba de cumplir, este cuatro de julio, 35 años, donde nuestra Corte Constitucional tiene una jurisprudencia sólida y garante de este tipo de derechos. Recordemos la tutela del año 2024: la Sala Plena de la Corte ordenó retirar definitivamente el crucifijo que colgaba en una de sus Salas, por la interposición de varias tutelas.
Stefan Zweig nos enseñó que los debacles, en la cultura o en derechos fundamentales, en ciertas épocas, devienen disfrazados de virtud, de tradición, de orden, de valores ancestrales. Conviene recordarlo.