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De hacer domicilios a emprender su propio salón: la inspiradora historia de una joven madre cartagenera

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Vidas que cuentan, una iniciativa de la Alcaldía Mayor de Cartagena.

“Impulso Violeta me ayudó a reforzar los conocimientos que tenía”. Hoy, detrás de cada trenza, cada pestaña y cada diseño de cejas que sale de Joylis, hay mucho más que un servicio.

Hay quienes comienzan un negocio con un préstamo o una gran inversión. Luisa Fernanda Rojano García empezó con algo más sencillo: unas manos que aprendieron a hacer trenzas cuando tenía apenas 10 años, el respaldo incondicional de su madre y una razón que cambió su vida para siempre: su hijo Alejandro.

Tiene 22 años, nació en Cartagena y se define sin rodeos como madre adolescente. Mientras otras jóvenes de su edad apenas descubren qué camino tomar, ella ya conoce el peso de una responsabilidad que la motiva a levantarse cada mañana pensando en alguien más.

«Mi impulso para salir adelante ha sido mi bebé», dice con seguridad.
Su hijo, Jorge Armando Díaz Rojano, no solo transformó su vida, también le dio motivación a seguir adelante con sus sueños.

*Una nueva oportunidad*
Antes recorría las calles trabajando como domiciliaria en un restaurante. Luego, conoció el programa Impulso Violeta, una iniciativa del Distrito de Cartagena, desarrollada a través de la Secretaría de Desarrollo Social, en convenio con ACD Consultores.

La oportunidad llegó de la manera más cotidiana: una vecina le habló de Impulso Violeta, un programa de formación donde enseñaban técnicas de belleza, maquillaje, pestañas, cejas, manicure, pedicure, peinados y otros oficios.

La idea no apareció de repente.
A los 10 años ya hacía trenzas, sin saberlo, mientras acomodaba mechones de cabello entre sus dedos, estaba ensayando el oficio que años después le permitiría cambiar su historia.

Se inscribió en el curso trenzado, diseño de cejas y pestañas, con la intención de aprender un poco más, pero encontró mucho más que nuevas técnicas. Durante tres meses descubrió otras formas de trabajar, perfeccionó el diseño de cejas, aprendió sobre mapeo, aplicaciones de pestañas y diferentes estilos de peinados.

Recuerda con mucha ilusión sus clases.
«Las profesoras tenían amor, dedicación. No enseñaban por cumplir un trabajo, sino porque realmente querían que aprendiéramos», cuenta.

Para alguien que ya conocía el oficio, el curso fue ese plus para emprender y comenzar a depender de ello.

«No fue empezar desde cero, fue reforzar todo lo que ya sabía» expresa desde el agradecimiento.

Y ese refuerzo llegó acompañado de un kit con herramientas, materiales y productos que sintió como un voto de confianza hacia su proyecto.

“Me entregaron cabello, goma para pestañas, henna para las cejas, brochas, peinillas, gel y espuma” recuerda con una sonrisa.

*Un certificado que también abrió puertas*
Cuando terminó la formación llegó el día de la graduación. Donde recibió un certificado que, para muchos, podría ser simplemente un papel. Para ella significó la posibilidad de demostrar que su talento también estaba respaldado por preparación.

«A veces uno sabe hacer las cosas, pero la gente quiere ver un certificado, quiere tener la seguridad de que sí estudiaste».

Ese documento le dio confianza para comenzar a trabajar a domicilio.

Durante un año llevó sus peines, brochas, pestañas y productos de casa en casa, construyendo poco a poco una clientela que empezaba a reconocer su trabajo.

*Ahorrar para construir un sueño*
Mientras atendía clientes, guardaba cada peso que podía, pero no estaba sola en el camino de emprender. Su mamá se convirtió en la principal aliada de un proyecto que ambas comenzaron a imaginar.

“Mami, yo quiero montar una estética, algo mío, que yo pueda decir que salió de mi esfuerzo y de mis ahorros” le dijo a su mamá con anhelo.

Entonces empezaron a comprar una cosa a la vez: primero las sillas, después las mesas, más tarde los implementos. Todo fue apareciendo poco a poco, a paso lento pero seguro.

Cuando sintieron que ya tenían lo necesario, comenzaron a buscar un local. Los arriendos fuera del barrio eran demasiado costosos. La respuesta estaba mucho más cerca. Su casa.
Y así nació Joylis, en el primer piso de su vivienda en el barrio El Pozón, sector La Cuchara.

Un nombre que guarda dos amores
Luisa explica el origen del nombre del salón con un brillo en sus ojos. Joylis une dos personas fundamentales en su vida.
«Viene del nombre de mi hijo, Jorge, y del nombre de mi mamá, Lisbeth».

Es un homenaje a quienes la sostienen todos los días: el niño que la impulsa a seguir adelante y la mujer que nunca dejó de creer en ella.

Este proyecto le enseña cada día a ser más organizada, responsable y más comprometida.

*Un futuro que apenas empieza*
Aunque Joylis abrió sus puertas hace apenas cuatro meses, su historia comenzó hace más de una década, cuando una niña descubrió que podía transformar un cabello con sus propias manos.

Continuó con una madre adolescente que decidió no renunciar a sus sueños.

Creció gracias al respaldo de una mamá que creyó en ella, una vecina que compartió una oportunidad, unas profesoras que le enseñaron con dedicación, un hijo que se convirtió en el motor de cada decisión y un programa de la administración que la motivó a comenzar a construir sus sueños.

“Impulso Violeta me ayudó a reforzar los conocimientos que tenía”.

Hoy, detrás de cada trenza, cada pestaña y cada diseño de cejas que sale de Joylis, hay mucho más que un servicio.

Hay una joven de 22 años que convirtió el conocimiento, la disciplina y el amor por su familia en un negocio propio, demostrando la importancia de seguir apostando y creyendo en programas como Impulso Violeta, que se convierten en el respaldo de grandes sueños.