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Defensoría se pronuncia por convocatoria de Sebastián Villa a la Selección Colombia

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La Defensora del Pueblo, Iris Marín Ortiz, le envió una carta a la Federación Colombiana de Fútbol a raíz de la convocatoria que hiciera el técnico Nestor Lorenzo, del jugador Sebastián Villa, a la selección Colombia que participará en el próximo Mundial de Fútbol.

Carta abierta a la Federación Colombiana de Fútbol

La camiseta de Colombia no puede ser un escudo contra la justicia
Recuerdo con mucha emoción el partido Colombia–Alemania en Italia 1990. Tenía 13 años. Minutos antes del inolvidable gol de Fredy Rincón, Alemania había marcado y parecía que todo estaba perdido. Mi papá se levantó en silencio y apagó el televisor. Nos quedamos mirando la pantalla negra, resignados. Poco después volvió, prendió el televisor de nuevo y entonces ocurrió el milagro: el empate que todavía muchos celebramos como uno de los momentos más emocionantes de nuestra historia futbolera.

Para millones de personas el fútbol significa justamente eso: la posibilidad de unirnos en un propósito común en un país que tantas veces parece fracturado. Durante noventa minutos creemos en el esfuerzo colectivo, en la solidaridad, en la posibilidad de enfrentar a los más fuertes y competir de igual a igual. La camiseta de Colombia no representa solo resultados deportivos; representa también aquello que aspiramos a ser como sociedad.

Por eso fue tan importante lo que ocurrió en 2011 cuando Hernán Darío Gómez dejó la dirección técnica de la selección tras agredir a una mujer. Más allá de las discusiones jurídicas, el país entendió algo fundamental: que la selección Colombia no podía convivir simbólicamente con la violencia contra las mujeres. No existía una regla escrita que obligara a su salida. Surgió, más bien, un límite ético que la sociedad decidió defender.

Hoy ese límite vuelve a ponerse a prueba con la convocatoria de Sebastián Villa para representar al país en el mundial que se aproxima. La discusión no es solamente deportiva. Villa fue condenado judicialmente por hechos de violencia basada en género y enfrentó además una acusación por abuso sexual. Estos antecedentes no pueden reducirse a “problemas personales” ni separarse por completo de la responsabilidad pública que implica representar a Colombia ante el mundo.

Cuando un jugador viste la camiseta de la selección, inevitablemente se convierte en referente para niños, niñas y jóvenes que encuentran en el deporte modelos de admiración e identidad: esperanza en un Buen Futuro. Por eso las decisiones sobre quiénes nos representan también transmiten mensajes culturales y sociales. Y el mensaje que enviamos cuando relativizamos la violencia contra las mujeres por talento, popularidad o rendimiento deportivo es desolador, nos aleja del espíritu que construimos detrás del fútbol.

No se trata de negar el derecho de nadie a trabajar, competir o rehacer su vida. Se trata de reconocer que portar los colores de Colombia es un privilegio que implica una responsabilidad ética adicional. Hay diferencias entre ser futbolista profesional y convertirse en símbolo nacional.

La violencia contra las mujeres no es un asunto privado ni secundario. Es una realidad que atraviesa diariamente la vida de miles de mujeres en Colombia y que durante años ha sido minimizada, justificada o silenciada, también en el mundo del fútbol. Cada vez que la sociedad resta importancia a estos hechos, las víctimas reciben un mensaje devastador: que su dolor vale menos que un resultado deportivo.

Colombia ya demostró en el pasado que podía enviar un mensaje distinto. Hoy tiene nuevamente la oportunidad de preguntarse qué valores quiere defender cuando elige quiénes portan su camiseta más importante.
Muchos seguimos aferrados a la idea de que el fútbol puede representar nuestra mejor versión: la unión, la esperanza, el juego limpio y el respeto. Esa niña de 13 años que celebró el gol de Rincón todavía quiere creerlo.

Porque la camiseta de Colombia no puede ser un escudo contra la justicia.