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Dictamen de las urnas: Tolerancia

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Por: Germán Danilo Hernández

Los resultados electorales del pasado 8 de marzo en Colombia son fiel representación de la polarización política que afronta el país, y una clara exigencia de los electores de hacer respetar sus espacios de participación, y el derecho a coexistir en medio de las diferencias.

Desafortunadamente los niveles de intolerancia han llegado a los extremos de que cada bando pretenda eliminar física o políticamente a los contrarios; unos y otros  se sienten portadores absolutos de la representación popular y caudillos del destino de la nación. Frases como “el país no quiere saber nada de la izquierda” o “la derecha es un retroceso a la barbarie” evidencian el desconocimiento de una realidad latente: ambas opciones se han consolidado y una no hará desaparecer a la otra a punta de discursos, insultos o atentados.

Quienes asumen posiciones de derecha (extrema o moderada), no tienen alternativa diferente a la de aceptar que la izquierda en Colombia terminó por desplazar a varios partidos, movimientos y líderes tradicionales, conquistando por primera vez la mayoría de curules en el Senado de la República, y quienes militan o simpatizan con la izquierda no pueden desconocer que a pesar de algunos reveses electorales, los  voceros  de la derecha también crecieron en representatividad, y que la Gran Consulta por Colombia, con más de 5.800.000 votos, fortaleció a ese sector, que hoy capitaliza el Centro Democrático, con su candidata uribista  a la Presidencia de la República,  Paloma Valencia.

En la referida consulta no todos los precandidatos eran de derecha, varios representan al denominado centro, incluyendo a Juan Daniel Oviedo, quien con más de 1.250.000 votos, se convirtió en el fenómeno político de la jornada y jugará un papel decisivo en la balanza electoral para la primera  y segunda vuelta presidencial.

Así las cosas el llamado “país político” está en el deber de respetar y acatar el dictamen de las urnas que determina la legitimidad y diversidad de las diferentes fuerzas políticas (izquierda, derecha y centro), y la obligatoria coexistencia de estas en el marco de la democracia.

Aceptar los resultados de las elecciones debería conllevar a una reflexión colectiva del país, comenzando por sus fuerzas políticas, que genere un panorama de aceptación y tolerancia de los contrarios, sin descartar las posibilidades de coincidir en propuestas y acciones de transformación y de bienestar para todos.

Tal reflexión debería extenderse a los resultados de las próximas elecciones presidenciales, donde nada está definido: hoy  la correlación de fuerzas parecería estar pareja entre derecha e izquierda, y la escogencia de cualquiera de sus representantes no puede conllevar a negar la existencia de quienes respalden la candidatura  que no sea elegida. Eso sería equivalente a intentar desconocer o borrar casi a la mitad del país.

Dicho en otras palabras el país debería entrar en una dinámica de comprensión de su nueva realidad política, que conlleve a  la sensatez superando los radicalismos,  intolerancia y los odios, dándonos la oportunidad de volver a construir juntos en democracia.