Policía captura a ‘El Chamo’ distribuidor de estupefacientes en El Pozón
3 mayo 2026
Por: Orlando Díaz Atehortúa
La discreción es el trono de la razón y el cimiento de la prudencia. Por medio de ella se obtiene el éxito. Es un don del cielo y se debe pensar en ella como la primera y máxima cualidad. Es la pieza más imprescindible de la armadura, y tan importante que su ausencia o minimización hace imperfecta a la persona. Todas las acciones de la vida dependen de su presencia. La discreción consiste en una tendencia natural hacia el rumbo más racional, combinada con un gusto por lo más seguro».
Baltasar Gracián
Este fin de semana di una vuelta por la Feria Internacional del Libro, con la India como país invitado. Me quedé sorprendido por su excelente organización. Es indudable, uno de los mejores eventos relacionados con la literatura y los libros a nivel mundial. En la librería «Promolibros» se encontraba, a un lado, El arte de la guerra, de Sun Tzu; a la derecha, un libro en extremo conocido: El príncipe, de Nicolás de Maquiavelo. Y en la mitad, un texto hermoso, que hacía mucho tiempo no veía y que lamentablemente perdí: El arte de la prudencia, de Baltasar Gracián. Unas letras que todo político y todo candidato deberían leer.
En nuestro país ha pasado el tiempo, pero las historias, las anécdotas y los gracejos continúan. Se recuerda que a principios del siglo XX, Marco Fidel Suárez —antes de ser presidente— se desempeñaba como canciller del mandatario José Vicente Concha. Se discutía un tratado con el Ecuador, cuando el representante Laureano Gómez, apodado el monstruo, arremetió contra la iniciativa con su acostumbrada fiereza:
Lo que pretende su señoría es que votemos ese pacto como si fuéramos ovejos.
Marco Fidel, destacado lingüista, lo miró con calma y respondió:
—No existen los ovejos.
—Entonces, su señoría —replicó Gómez—, ¿cuál es el macho de la oveja?
Suárez, imperturbable, lo corrigió:
A ese animal se le llama carnero.
Desde ese momento, Laureano tuvo otro apodo: el ovejo.
En un descanso entre las firmas de libros, alcancé a hojear la prensa. Me enteré de una de las más recientes intervenciones de la señora Paloma Valencia. Esta vez, el exabrupto consistía en que la candidata propuso que, si era elegida mandataria, nombraría al expresidente Álvaro Uribe como ministro de Defensa. El interpelado y candidato a vicepresidente: Oviedo respondió con cierta inocencia: «Ese no es el mensaje que se quiere dar». Pobrecillo. La caucana simplemente lo miró con un desdén calculado: «Yo soy la presidenta». No hubo necesidad de decir más palabras.
Volviendo a Gracián: este enseña que la verdadera maestría es controlar las propias acciones. No olvidemos que el país invitado en la Feria del Libro este año es la India. ¿Cuánto tienen que enseñarnos los monjes tibetanos y sus pensadores sobre el arte del silencio, de la introspección y de la discreción? Allá, meditan antes de hablar; aquí, en cambio, hablan antes de pensar y luego reflexionan sobre el desastre.
¿Cómo olvidar al señor Abelardo cuando en una de sus entrevistas señaló que no iba a sacrificar a su familia por un país de desagradecidos, desleales y cafres? Vale la pena rebuscar qué quiere decir esa última palabreja. O cuando, sin ningún empacho, expresó que era un ateo recalcitrante y que solamente asistió al rito matrimonial católico por amor. Señaló, sin sonrojarse, que el sacerdote que lo casó rescató a una oveja descarriada.
Así, aquel viejo adagio —«dime con quién andas y te diré quién eres»— bien podría modificarse para decir: dime qué dices y cómo actúas, y sabré en realidad quién eres.
La decencia tiene sus límites. Supone saber hasta dónde llegar, sin degradar el debate, ni instrumentalizar la honra ajena. Poco antes de la intervención de la señora Paloma, un expresidente señaló, en forma ligera y sin ninguna prueba, que un gobernador de Nariño había sido partícipe del complot para asesinar al excandidato Miguel Uribe. De verdad, no se sabe cómo se lanzan este tipo de afirmaciones, sin ninguna prueba válida y contundente.
El peso de un político destacado radica en su coherencia, en su seriedad, en su autocontención, en cuidar la lengua. Virtud que, por lo visto, se cotiza a la baja. Todo dicho, requiere ser pasado por el filtro de la racionalidad, como nos enseñaba Sócrates en su célebre escrito sobre los tres filtros. Se confunde transparencia con exhibicionismo, y el resultado es un empobrecimiento del debate público y una progresiva pérdida de confianza en aquellos políticos de los partidos tradicionales, viejos y nuevos.
Ya para ir terminando: la decencia, ese valor intrínseco que todos necesitamos para una verdadera ética ciudadana, va en franco retiro. Acabamos de ver las fotos y los videos del pasado Festival Vallenato, donde lamentablemente figuraban personajes extremadamente cuestionados. Nadie pareció incomodarse; antes, por el contrario, muchos los abrazaban con fervor. Nadie se inmutó. Había una cantidad considerable de sinvergüenzas, condenados por lo penal, algunos corruptos y toda clase de depredadores del erario público, desfilando por sus tarimas y calles. Es evidente que la sociedad colombiana está enferma de falsa o doble moral. Del voto a conciencia de cada uno depende enderezar el camino, es un deber por la patria ineludible.
Orlando Díaz Atehortúa
Columnista.