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El pelucón en su laberinto

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Por: Orlando Díaz Atehortúa

En el siglo XIX, los pelucones eran en Chile y Ecuador los representantes de la aristocracia conservadora: guardianes de privilegios, custodios de un orden social rígido que se resistía al cambio con la misma tenacidad con que un náufrago se aferra a los restos de su embarcación. Hoy, el término ha mutado. Se ha despojado de su contextura histórica para convertirse en una expresión coloquial que señala al adinerado ostentoso, al poderoso que hace de su imagen un instrumento de dominio. Bajo esa acepción, el apelativo encaja con precisión quirúrgica en la figura de Donald Trump, el copetudo pelinaranja que confunde la grandilocuencia con el liderazgo, y cuya arrogancia parece conducirlo, paso a paso, hacia un laberinto sin salida.

La semana reciente ha sido ilustrativa. La Cancillería de México denunció la muerte de trece ciudadanos mexicanos bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas —ICE, por sus siglas en inglés—, en medio de operativos contra migrantes en territorio estadounidense. No fueron cifras abstractas ni estadísticas frías: fueron trece vidas, trece historias truncadas bajo la sombra de una política migratoria que se ejerce con la frialdad de quien jamás ha necesitado cruzar una frontera para sobrevivir. A este hecho se sumaron las declaraciones del senador Marco Rubio. En tono admonitorio y con la soltura del que habla desde la cima, sugirió que Europa debía alinearse con la política exterior de Washington. Esto es como si la complejidad del orden internacional pudiera reducirse a una sola voz, a un solo ritmo, al compás que marque el tambor de la Casa Blanca.

Desde Alemania, el presidente Frank-Walter Steinmeier advirtió que la política estadounidense ha debilitado la confianza global, no solo entre aliados tradicionales, sino en el sistema internacional en su conjunto. Sus palabras no fueron el exabrupto de un rival circunstancial, sino la reflexión mesurada de un estadista que observa con preocupación cómo las decisiones de la primera potencia del mundo generan ondas de desconcierto que se propagan más allá del Atlántico. En el caso de Irán, múltiples actores han calificado las posturas de Washington como errores políticos evitables, decisiones tomadas más bajo el influjo de la emoción que bajo la guía de la razón. La retórica de confrontación, lejos de contener los conflictos, los exacerba. Lejos de cerrar heridas, las abre de nuevo y las profundiza.

En este contexto, las críticas a la OTAN por su supuesta falta de respaldo militar y las insinuaciones sobre un posible despliegue de tropas en distintas regiones del mundo han elevado la tensión a niveles que no se veían desde los peores capítulos de la Guerra Fría. Desde Teherán, el presidente del Parlamento ha sido categórico: no hay negociaciones directas con Washington, apenas contactos indirectos con países que buscan una salida pacífica a una crisis que crece como la espuma. La advertencia es tan sobria como contundente: cualquier incursión respondería más a impulsos políticos que a una estrategia racional, más al ego de un mandatario que a la sabiduría de un estadista.

Así, el pelucón contemporáneo queda atrapado en su propio laberinto, prisionero de su propia narrativa. La estética del poder —construida sobre la grandilocuencia, la exhibición de fuerza y la certeza inamovible de quien nunca admite dudas— termina por volverse una jaula dorada. Donald Trump encarna esa paradoja con una fidelidad casi teatral: mientras más se afirma en su imagen de dominio absoluto, más se aísla de una realidad internacional que exige matices, negociación, escucha y prudencia. Su liderazgo, sostenido en la confrontación permanente, erosiona los puentes que durante décadas sostuvieron el delicado equilibrio global.

En un mundo profundamente interdependiente, las decisiones de una potencia repercuten de manera inmediata en otras latitudes. El poder no puede ejercerse como un espectáculo sin consecuencias, como una puesta en escena diseñada para el aplauso interno mientras el mundo exterior observa con una mezcla de asombro y alarma. Sin embargo, el laberinto del pelucón parece alimentarse precisamente de esa lógica perversa: la del gesto exagerado, la palabra altisonante, la ilusión del control absoluto. Y en ese juego, el riesgo no es solo personal ni únicamente político: es profundamente global, alcanza cada rincón del planeta.

Adenda 1: Se siente una tristeza profunda por la muerte de sesenta y nueve de nuestros soldados en ese fatídico accidente aéreo que pudo haber sido evitado. Un abrazo solidario a sus familias y paz en sus tumbas para quienes cayeron en esa nefasta explosión. Colombia llora con ustedes.

Adenda 2: Nuestro presidente, Gustavo Petro, parece haber adoptado una práctica cuestionable: la de reprender públicamente a sus funcionarios con una dureza que poco tiene de pedagógica y mucho de humillante. “La Constitución dice, apréndalo; a lo mejor por estudiar tanto en Alemania no la leyó”, expresó dirigiéndose a la doctora Natalia Irene Molina, directora nacional de Planeación, tras el desacato de una orden relacionada con la elaboración de un CONPES para retirar los aviones Hércules. Conviene recordarle al señor mandatario que esa misma Constitución, en su artículo primero, consagra la dignidad humana como piedra angular del Estado. No hay autoridad, por alta que sea su investidura, que esté por encima de ese principio. Se requiere, desde la más alta magistratura del país, mayor tino, mayor prudencia y, sobre todo, mayor ejemplo.

Orlando Díaz Atehortua
Columnista