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La religión católica y la política en Colombia

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Por: Orlando Díaz Atehortúa

«Porque Francisco traía un discurso religioso nuevo… El énfasis sobre la misericordia, el interés por los pobres y los humillados, el rechazo de la mundanidad, la idea de poner a Cristo en el centro, el alegato en favor de las periferias… Su estilo de vida austero y su forma de ser, tan cercana y directa…»
Javier Cercas, *El loco de Dios en el fin del mundo*

Leo *El loco de Dios en el fin del mundo*, una obra singular: nunca antes el Vaticano había abierto sus puertas a un escritor. Javier Cercas se aproxima al papa Francisco para comprender la esencia de un hombre profundamente humanista y, al mismo tiempo, para intentar descifrar la complejidad de la religión católica. No es un desafío menor si se tiene en cuenta que el autor se declara ateo.

La Iglesia católica ha tenido más de doscientos sesenta sumos pontífices. Algunos han sido figuras ejemplares; otros, como Sergio III, Juan XI o Juan XII, encarnaron episodios poco edificantes. En tiempos recientes, el papado de Benedicto XVI quedó marcado por los casos de abusos sexuales, siendo emblemático el del padre Maciel, frente al cual existieron graves omisiones y un inicial encubrimiento. Dos mil años de historia dan cuenta de la Santa Inquisición, las cruzadas, guerras santas, fraudes financieros y persecuciones como la sufrida por los templarios.

Pero la Iglesia no puede observarse solo desde su costado más oscuro. Existe también un lado luminoso, colmado de amor y bondad: Francisco de Asís, Tomás de Aquino, Teresa de Calcuta y miles de misioneros que, aún hoy, alivian el sufrimiento de los hambrientos, de quienes no tienen techo y de quienes padecen abandono en un mundo cada vez más desigual. Las noticias muestran guerras y autoritarismos, pero también a religiosos que mitigan el dolor causado por la miseria, los bombardeos y la falta de agua y alimentos.

El Evangelio de San Juan (2, 13-17) recuerda a Jesucristo expulsando a los mercaderes del templo y advirtiendo: «La casa de mi Padre no es una casa de comercio». No vino a traer una paz cómoda, sino a revolucionar conciencias.

Francisco, elegido papa en marzo de 2013, encarnó ese mensaje. Cuatro meses después celebró una misa en Lampedusa, donde habían llegado más de 25.000 cadáveres de migrantes. Allí preguntó: «¿Quién es responsable de esta sangre?» y denunció la cultura del bienestar y la globalización de la indiferencia. En 2020 insistió en que una Iglesia que se desentiende de los pobres deja de ser la Iglesia de Jesús.

Vale la pena, entonces, observar los vericuetos de la política en Colombia. En 1917, durante una coyuntura preelectoral, el conservador Marco Fidel Suárez contó con el respaldo de los jerarcas de la Iglesia. Desde los púlpitos se orientó el voto contra el progresismo, asociándolo con el laicismo y un supuesto peligro moral. Guillermo Valencia fue derrotado y Suárez resultó elegido.

Décadas después, en abril de 1948, el obispo Miguel Ángel Builes Gómez lanzó diatribas contra el liberalismo y la masonería. Estos episodios recuerdan por qué a los jerarcas católicos les está vedado intervenir en política: los conflictos que ello genera son evidentes.

Hoy, el contraste resulta elocuente. Mientras se producen reacciones airadas ante debates teológicos, se guarda un silencio sepulcral frente a hechos graves, como las reiteradas visitas del expresidente Andrés Pastrana a la isla de Epstein, señalada por abusos sistemáticos de menores. Allí, el mutismo ha sido absoluto.

En ese contexto, cobran especial relevancia las lágrimas públicas de Abelardo de la Espriella, abrazado por un prelado en la basílica de Buga, pese a haberse declarado ateo y haber prometido en campaña «destripar» a sus contrarios, además de calificar a Colombia como un país de «desagradecidos, desleales y cafres». Conviene recordar que la Constitución no elige presidentes para grupos específicos, sino para todos los ciudadanos, y que quien dice abrazar los valores cristianos debería expresarlos con respeto, solidaridad y mesura.

En fin, amanecerá y veremos. Por ahora, corresponde a los ciudadanos estudiar con rigor las propuestas y exigir debates que esclarezcan las posturas de quienes aspiran a gobernar.

Orlando Díaz Ate
Columnista