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6 enero 2026
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La formación militar desarrolla habilidades técnicas y de liderazgo aplicables a entornos de alta exigencia fuera del ámbito castrense.
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Desde su experiencia en la vida militar, Lewis Charris analiza cómo estos aprendizajes pueden aplicarse para sostener metas y procesos a largo plazo.
El inicio de un nuevo año suele venir acompañado de propósitos personales y profesionales. No obstante, uno de los principales desafíos no es definir objetivos, sino mantenerlos en el tiempo, especialmente cuando aparecen la presión operativa, la fatiga o la necesidad de tomar decisiones complejas en escenarios cambiantes.
En este contexto, la formación militar ofrece un marco de referencia poco explorado fuera del ámbito castrense, pero altamente aplicable a la vida civil. La vida militar no solo prepara para el combate, sino para operar sistemas críticos, liderar equipos técnicos y tomar decisiones bajo estándares estrictos de seguridad, responsabilidad y eficiencia, competencias cada vez más relevantes en distintos sectores productivos.
Desde su trayectoria como Suboficial Naval retirado de la Armada de Colombia, con más de veinte años de experiencia en sistemas electromecánicos navales y liderazgo técnico, Lewis Charris identifica aprendizajes de la vida militar que pueden trasladarse a la vida cotidiana y profesional:
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Propósito: En el entorno militar, toda operación parte de una misión claramente definida, con objetivos medibles y responsabilidades asignadas. Este enfoque permite priorizar recursos, minimizar errores y mantener coherencia en la ejecución. En la vida, trasladar este principio implica trabajar con metas claras, criterios definidos y una comprensión real del impacto de cada decisión.
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Respeto: Más allá de un valor ético, el respeto en la vida militar es un elemento operativo. Permite que los sistemas humanos funcionen de manera coordinada, reduce fricciones y facilita la ejecución segura de tareas técnicas. En el contexto cotidiano este principio se traduce en comunicación efectiva, cumplimiento de acuerdos y trabajo colaborativo.
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Ejecución, evaluación y ajuste continuo: La formación militar enfatiza la acción informada, la evaluación constante de resultados y la corrección oportuna de errores. Este ciclo permanente evita la parálisis por análisis y permite mejorar procesos de forma continua. En la vida cotidiana, este enfoque resulta clave para que los proyectos no se queden en la planificación y evolucionen de manera sostenible.
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Liderazgo: En entornos de alta exigencia, el liderazgo no se sostiene únicamente en la jerarquía, sino en la competencia técnica y la coherencia operativa. Liderar implica asumir responsabilidad, actuar con criterio y generar confianza a partir del comportamiento. Este tipo de liderazgo es aplicable a cualquier contexto donde se gestionan personas, procesos o sistemas.
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Disciplina: La disciplina militar no responde únicamente a la obediencia, sino a la necesidad de garantizar seguridad, continuidad operativa y calidad en la ejecución. Aplicada a la vida se manifiesta en la organización del tiempo, el cumplimiento de procedimientos y la constancia en la ejecución de tareas.
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Autoridad: En la vida militar, la autoridad está directamente ligada a la capacidad de responder por decisiones que pueden tener consecuencias operativas y humanas. Este aprendizaje se traduce, en la vida, en asumir compromisos, establecer límites claros y actuar con responsabilidad frente a los resultados.
“Cuando las personas incorporan principios como disciplina, claridad operativa y responsabilidad, los objetivos dejan de depender del entusiasmo inicial y se convierten en procesos sostenibles. Estas habilidades permiten avanzar incluso en escenarios de alta presión o incertidumbre”, señala Charris.
De cara al nuevo año, estos aprendizajes invitan a replantear la forma en que se construyen metas, entendiendo que la constancia, el criterio y la responsabilidad suelen ser más determinantes que la motivación momentánea.