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Hay que desterrar agresión del debate: Lidio García
«Hoy lo lloramos con una tristeza que nos quiebra y una rabia que nos incendia. Tristeza por su esposa, por sus hijos, por su padre, por su hermana y sus amigos, que hoy enfrentan un vacío irreparable. Rabia por una nación que, una vez más, ve apagarse una de sus luces más luminosas. Y duele, duele en el alma, que en Colombia esas luces se apaguen en plena primavera», dijo hoy el presidente del Congreso de la República Lidio Garcia, durante las exequias del precandidato presidencial y senador Miguel Uribe Turbay.
Asistimos hoy, con el corazón desgarrado, a un acto que nos hiere en lo más hondo. Nos encontramos en este recinto de las ideas, unidos por el dolor, para despedir a un amigo entrañable, a un luchador incansable: Miguel Uribe Turbay, cuya vida fue arrebatada precisamente por defender los ideales que nos convocan.
Durante los 64 días de angustia que estremecieron a Colombia, nunca dejamos de elevar plegarias. Oramos junto a su familia y junto a los médicos que, con ciencia y entrega, hicieron todo lo posible por devolverle la vida. Su recuperación fue un clamor colectivo, una súplica de esperanza. Nadie quería imaginar este día, y sin embargo aquí estamos, pronunciando las palabras que jamás pensamos decir.
Hoy lo lloramos con una tristeza que nos quiebra y una rabia que nos incendia. Tristeza por su esposa, por sus hijos, por su padre, por su hermana y sus amigos, que hoy enfrentan un vacío irreparable. Rabia por una nación que, una vez más, ve apagarse una de sus luces más luminosas. Porque, como nos recuerda la historia, un líder verdadero —un faro que guía en la oscuridad— nace quizás cada medio siglo. Y duele, duele en el alma, que en Colombia esas luces se apaguen en plena primavera.
Miguel fue esa luz en los días más oscuros. Sus ideas trazaban la ruta de una Colombia sin odios ni mezquindades, una patria reconciliada, con instituciones firmes, con derechos esenciales garantizados y con oportunidades para todos. No hablaba solo de un sueño personal; encarnaba un sueño colectivo, el anhelo profundo de un país que quiere sanar.
Su legado no quedó a medio camino. Cada vez que dijimos “¡Fuerza, Miguel!”, estábamos diciendo: tu causa es la causa de Colombia. Y ese sueño no muere con él. Ahora nos corresponde a nosotros hacerlo realidad.
Pero hoy lo despedimos en medio de una sociedad herida y desconfiada, envuelta en preguntas urgentes. Las balas que le arrebataron la vida no solo rompieron el corazón de su familia; volvieron a abrir las fracturas de un país que no logra encontrar la paz.
Y entonces, nos preguntamos: ¿Quién viene ahora? ¿Qué viene ahora?
Las respuestas no pueden esperar. No basta con exigir justicia, aunque sea una obligación inaplazable del Estado. No basta con decisiones políticas que devuelvan confianza a un pueblo golpeado. Es un deber de todos: del Congreso, del Gobierno, de los jueces, de cada ciudadano. Tenemos que actuar. Tenemos que bajar el tono de las palabras incendiarias, desterrar la agresión del debate, cerrar las grietas que nos dividen. Porque si no aprendemos a vivir en paz, a respetar al otro, a celebrar la diferencia como riqueza, ¿qué país dejaremos a nuestros hijos?
¡Basta ya de rupturas!
¡Basta ya de polarización!
¡Basta ya de violencia!
No más combates en las palabras, no más división en los corazones.Si de este momento doloroso podemos extraer algo, que sea un compromiso inquebrantable con la unidad. Que el sacrificio de Miguel Uribe Turbay no sea en vano. Que su memoria nos empuje, como lo soñó Bolívar, hacia una nación capaz de vivir en concordia y descansar en paz.
A ti, Miguel padre; a ti, María Carolina; a ti, María Claudia; a sus hijos: reciban la solidaridad profunda de este Congreso y de toda Colombia. Que Dios les dé fortaleza, que su luz guíe nuestras decisiones y que su protección abrace a esta patria herida.
Por Miguel, por su sueño, por nuestra patria: sigamos adelante, juntos.
Muchas gracias.