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Por: Germán Danilo Hernández
Las grandes tragedias nacionales suelen sacar a la luz las mejores y peores reacciones de los seres humanos: en la mayoría de los casos la solidaridad espontánea se desborda, en simultánea con absurdas mezquindades y acciones aberrantes. El reciente terremoto que sacudió a Colombia y las graves consecuencias que deja, confirman esa premisa.
Miles de personas en las regiones más afectadas por el sismo se enfrentan desde el primer día no solamente a la perdida de seres queridos, la destrucción parcial o total de sus residencias e inclusive de todo su patrimonio construido a lo largo de muchos años, también agregan desvelos para protegerse de inescrupulosos que asaltan sus ruinas para apoderarse de lo poco que se ha salvado.
Esas “aves de rapiña” son de diferentes clases, van desde quienes escudriñan entre los escombros para roban cualquier elemento de valor, sin exceptuar los que pudieran portar heridos y difuntos, hasta aquellos que buscan apropiarse de las donaciones del país solidario, de los recursos del Estado y de ayudas internacionales destinados para las víctimas y para la reconstrucción.
Tan condenables como esos comportamientos carroñeros, son las acciones que hacen uso de la tragedia para lograr réditos políticos. La vergonzante polarización que divide al país, estimulada por líderes de extremas derecha e izquierda, que deberían ser los llamados a dar ejemplos de sensatez, propician episodios absurdos para endilgar u ocultar responsabilidades en las fallas de atención a la emergencia y hasta para exacerbar el dolor de algunas víctimas, llevándolas a escenarios mediáticos de respaldos o condenas a quienes les expresan sus condolencias.
En contrapeso a toda esa catástrofe de la cordura, que destruye tanto como otro sismo, buena parte del país sigue conmovido y agradecido con hombres y mujeres, colombianos y extranjeros, que arriesgando su propia seguridad han salvado muchas vidas de personas y animales, en medio de condiciones adversas.
Ellos, los rescatistas, no preguntan de qué color de piel, religión, estrato económico o ideología política, son las personas atrapadas para socorrerlas. A ellos se suman los integrantes de equipos médicos y paramédicos, quienes independientemente de sus propias tragedias familiares, siguen atendiendo a miles de heridos, inclusive bajo carpas y en las calles, en donde hospitales y centros de salud también colapsaron.
Entretanto millones de personas, desde humildes trabajadores, funcionarios públicos hasta grandes empresarios solidarios compiten, en el mejor de los sentidos, en diferentes regiones de Colombia por recaudar las mayores donaciones en dinero, alimentos y productos esenciales para atender a los damnificados, mientras grupos de voluntarios acuden a los centros de acopio para aportar a la logística de su recepción y traslado. Esos rescatistas y voluntarios, no solamente son verdaderos héroes, representan la parte rescatable de un país que debería seguir su ejemplo como factor inspirador para la unidad nacional, no solamente frente a las tragedias, sino en la construcción diaria de convivencia y de futuro.