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Por: Roberto Goji
La relación entre universidades y egresados se volvió correcta… pero sin pulso. Hay noticias, se llevan a cabo encuentros, y se llenan formularios. Sin embargo, faltan verdaderas conversaciones con propósito. En mi opinión, no es desinterés del egresado; es un marco mental instalado en las universidades que se quedó corto como resultado de estrategias más del marketing que de una visión estratégica clara: se trata al egresado como si este fuera un cliente al que hay que fidelizar cuando debería verse distinto. Como un aliado con quien amplificar el impacto en la sociedad.
Cuando se trata al egresado como “cliente”, la conversación gira en torno a beneficios, descuentos y pertenencia simbólica. Cuando se le valora como “aliado”, la conversación cambia de eje donde surgen preguntas como ¿qué problema relevante resolvemos juntos? ¿qué evidencia dejaremos?. Es un cambio de lente —de marketing a estrategia— que reordena prioridades, tiempos y voces. Y, sobre todo, le devuelve dignidad a la relación: no te invito a “asistir”, te invito a incidir.
Esta es una visión simple y poderosa: la universidad pierde valor cuando confunde atención con resultado. La atención se compra con un evento; el resultado se gana con una idea clara, una decisión valiente y un estándar exigente. Si después de un año se puede nombrar qué cambió en empleabilidad, transferencia o reputación viva gracias a los egresados, eso es una señal poderosa de estar en la conversación correcta. Si no se hace nada, si no se cambia de lente… seguirán universidad y egresados cruzando saludos y manteniendo una relación dormida.
Si de verdad se tiene la voluntad y determinación de cambiar la conversación, se debe cambiar el lente completo. En otras palabras, va de un contrato y conversación entre “pares”, donde la universidad deja de pedir atención y ofrece un campo de juego que tiene impacto fuera del campus:
➤ Valorar a quien aporta hoy: competencia, tiempo, resultados por encima del “siempre ha estado” o “es de la casa”.
➤ Priorizar impacto con evidencias: plazas creadas, pilotos en marcha, convenios firmados, por encima del discurso, la foto o el video emotivo.
➤ Poner el efecto que buscamos: ¿a quién servimos? y ¿qué cambia afuera? por encima de la liturgia de comités, formatos y eventos por cumplir.
Además, para que no sea un gesto que se diluya y desaparezca, sino que se convierta en una práctica permanente, hace falta un sistema: un acuerdo estable sobre cómo conversamos, decidimos y dejamos huella, con reglas claras (qué vale y qué no), ritmo (cuándo nos movemos), estándar de evidencia, gobernanza con poder y memoria que sobreviva a los nombres. Ese sistema convierte la buena voluntad en resultados tangibles, protege el tiempo del aliado, vuelve acumulativa la reputación y evita empezar de cero cada semestre.
Con esta nueva lente —aliados, evidencia y sistema— pasan cosas que se ven: los estudiantes consiguen mejores primeras oportunidades y aprenden en casos reales; los egresados ganan reputación que circula y trabajo por prueba; la universidad muestra empleabilidad y transferencia que salen del “pdf”, decide más rápido y levanta recursos soportado en resultados; el entorno recibe soluciones concretas y cadenas más densas. —¡Todos ganan!— De paso, se evita el gasto en eventos vacíos y aparece el efecto compuesto: cada misión deja rastro y eleva el estándar de la siguiente.
En otras palabras: menos atención, más impacto compartido.
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