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Entre escobas, risas y esperanza, una comunidad de Magangué se unió para recuperar su espacio y sembrar futuro en sus jóvenes.
Por: Emilio Gutiérrez Yance
Eran las 6:15 de la mañana cuando el sol apenas se asomaba, tímido, sobre el barrio La Paz, en el municipio de Magangué. La luz, suave y dorada, comenzaba a tocar la cancha, un terreno de grama y tierra que por mucho tiempo permaneció en silencio, con el pasto crecido a retazos y las huellas del abandono marcadas en cada rincón.
Allí, donde antes la maleza avanzaba sin resistencia y el terreno parecía olvidado, comenzaron a llegar las primeras figuras. Don Álvaro, con su sombrero bien puesto y una escoba al hombro, fue de los primeros en aparecer. Caminaba despacio, pero con decisión, como quien sabe que está a punto de ser parte de algo importante. Detrás de él, un grupo de jóvenes cargaba machetes, rastrillos, baldes y brochas, entre risas que rompían la quietud de la mañana.
Las casas alrededor, de paredes claras y amplios patios, parecían observar la escena. Desde las puertas abiertas, algunas mujeres seguían el movimiento, mientras los niños se acercaban con curiosidad. La cancha, que por meses fue apenas un terreno más del barrio, comenzaba a despertar.
El personal adscrito al Laboratorio de Paz encabezó la jornada. No llegaron con discursos largos, sino con acciones. Con cada corte de maleza, cada bolsa de basura recogida y cada espacio despejado, el lugar empezaba a recuperar su forma. Era un trabajo silencioso, pero cargado de sentido.
La comunidad no tardó en sumarse. Doña Carmen apareció con una totuma de agua fresca y una sonrisa amplia. “Esto hacía falta desde hace rato”, repetía, mientras ofrecía alivio a quienes trabajaban bajo el sol. A pocos metros, varios niños improvisaban un balón y corrían sobre el terreno, como si quisieran adelantar el futuro que se estaba construyendo.
La articulación institucional también fue clave. La Policía Nacional a través de su grupo de Laboratorio de Paz, la empresa Afinia, la empresa Aseo Pronto y la misma comunidad, se tejió una jornada que fue más allá de la limpieza. No se trataba solo de recuperar un espacio físico, sino de devolverle al barrio un punto de encuentro, un lugar donde la vida pudiera volver a reunirse.
Y mientras avanzaban las labores, el ambiente cambió. Las risas se hicieron más frecuentes, las conversaciones más cercanas. Un joven, con las manos llenas de tierra y sudor en la frente, decía que quería ver la cancha llena otra vez, con partidos en las tardes y niños corriendo sin miedo. En sus palabras no había quejas, solo ganas.
El objetivo era claro: mejorar las condiciones físicas y ambientales del escenario deportivo, promover el bienestar y fortalecer la participación comunitaria. Pero lo que realmente quedó fue un mensaje profundo: cuando la gente se une, puede transformar incluso lo que parecía olvidado.
“Estas acciones son fundamentales para construir entornos protectores y fortalecer el tejido social. Cuando recuperamos espacios para nuestros jóvenes, estamos previniendo la violencia y apostándole a la paz en nuestros territorios”, destacó el coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, comandante del Departamento de Policía Bolívar.
Al final de la jornada, la cancha ya no era la misma. El terreno, ahora despejado y limpio, volvía a invitar al juego, al encuentro y a la vida. Pero el cambio más grande no estaba en la grama ni en la tierra: estaba en la gente. Porque en La Paz, en pleno corazón de Magangué, la comunidad entendió que la esperanza también se construye, con las manos, con voluntad… y juntos.