Mancha en la bahía de Cartagena obedece a fenómeno de origen biológico: DIMAR
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Por Juan Carlos Guardela
Los ídolos nacen con grietas invisibles. Y vienen también con la altura desde la que un día caerán. Esa caída está en su naturaleza porque son el efecto de una idealización fenomenal. Nosotros somos quienes creamos esos mármoles, los tachonamos de pureza, fijamos en sus rostros sus máscaras de semidioses. Los ídolos no son personas, son ideas. Los elegimos y, cuando fallan, la caída se siente como traición.
Por otra parte, en Colombia, los medios construyen e imponen figuras públicas para luego derribarlas con deleite. Primero las elevan, contando historias de esfuerzo, el origen humilde y sus logros, y las convierten en ejemplos. Son relatos atractivos, fáciles de tragar y llenos de emoción.
Cuando ocurre un traspié, el enfoque cambia con una rapidez casi automática. La narrativa abandona la admiración y se desplaza hacia el escándalo, privilegiando el golpe emocional por encima de la comprensión. El contexto se diluye, la verificación pierde peso y la inmediatez se impone como valor supremo. En un ecosistema mediático dominado por el rating, los clics y la viralidad, las personas dejan de ser sujetos complejos para convertirse en contenido consumible. El error ya no se analiza: se amplifica. La caída resulta más rentable que la explicación, y la simplificación moral reemplaza al pensamiento crítico. Así, el derrumbe público no solo satisface una lógica económica, sino también una pulsión colectiva que prefiere la condena rápida a la reflexión incómoda.
Esto empuja la discusión hacia polos: o se es ídolo o se es villano. Sin espacio para los matices ni las zonas grises. La complejidad humana se vuelve incómoda cuando el relato exige sentencias rápidas. Los casos abundan porque forman parte de una experiencia universal: todos cargamos en la memoria uno o varios ídolos estropeados, figuras que alguna vez representaron admiración y que luego quedaron marcadas por la duda. En cuestión de horas, alguien puede pasar de encarnar valores, logros o aspiraciones colectivas a convertirse en objeto de sospecha generalizada. El pedestal se transforma en banquillo.
Crecer es aprender a admirar sin idolatrar y aceptar que los pedestales siempre exageran lo humano. Con los años, entendemos que no lloramos al ídolo, sino a la versión de nosotros mismos que creyó en él.