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Una campaña para olvidar

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Por: Germán Danilo Hernández

La jornada del próximo domingo para elegir en segunda vuelta  al nuevo Presidente de Colombia pasará a la historia no solamente como la más reñida de los últimos tiempos, sino también como de las más vergonzosas en nuestra imperfecta democracia.

Adicionalmente a las ya comentadas sobredosis de egos, prepotencias, sectarismos odios, y revanchismo de los candidatos en contienda, extendidos a muchos de sus furibundos seguidores, las campañas tomaron distancias de las propuestas programáticas para priorizar el intercambio de insultos, acusaciones y amenazas mutuas, que  los ubican en una especie de empate técnico de descrédito.

Los resultados de la primera vuelta y de las encuestas realizadas a lo largo del proceso, evidencian una división  casi en partes iguales de electores. Si cada bando acepta como verdades absolutas lo que se han dicho los candidatos, resulta predecible que quien sea que  gane en las urnas será considerado por la mitad de los votantes como un delincuente o un terrorista, y por tanto indigno de ejercer como máximo mandatario de la nación.

Si bien en la política colombiana ha hecho carrera la premisa de que no hay insultos de campañas que no se puedan olvidar con un par de whisquies y un abrazo de reconciliación, lo que ha ocurrido en esta oportunidad erosiona profundamente la confianza y  legitimidad que deberían rodear a un Jefe de Estado democráticamente elegido, cualquiera que sea su origen ideológico.

De manera premeditada y como estrategia para conquistar adeptos, los candidatos de derecha e izquierda no se reconocen como contradictores sino como enemigos a destruir, y estimulan peligrosamente la polarización política a lo largo y ancho del país. A través de medios de comunicación, redes sociales, chat de grupos y hasta en encuentros familiares, la confrontación política se matiza con agravios y descalificaciones personales.

De poco o nada han servido los llamados de algunos sectores a la cordura y la prudencia; las pasiones encendidas prevalecen  sobre la sensatez, inclusive en intelectuales, académicos, religiosos y de personas consideradas honorables, pero que no  toleran el pensamiento contrario y asumen que quienes prefieren un candidato diferente al suyo son por lo menos imbéciles o apátridas.

Ojalá esa escalada de intolerancia culmine el próximo domingo y no impulse el retorno a épocas violentas por las que ya ha transitado el país, y que aún pesan en la memoria colectiva. Independientemente de  simpatías electorales, soy de quienes piensan que en estas elecciones no está en juego la democracia, ni que toca escoger entre el “bueno” y el “malo”; es una oportunidad para fortalecer la convivencia  política y social  sobre la base del respeto por las diferencias, y ello  debería conllevar no solamente a aceptar los resultados  limpios de las urnas, sino también a desarmar los corazones y apaciguar los ánimos para retomar la cordura. Si bien los ganadores confiarán en que llegará un gobierno para recordar, por el bien de la democracia y la paz, la campaña electoral que termina amerita ser olvidada por todos y nunca más repetida.

Asesor en comunicación estratégica de gobierno.