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Por: Orlando Díaz Atehortúa
Debo estas líneas, en parte considerable, a las lecturas compartidas con mi maestro y amigo, Reinaldo Spitaletta. Gracias a ellas, León de Greiff entró y se quedó en mi corazón: se convirtió en uno de mis poetas preferidos. Su voz, hoy, no suena como un eco del pasado. Sino como una conciencia que todavía cuestiona a una sociedad uniforme, acelerada, poco dispuesta a escuchar la musicalidad de las palabras. Tal como lo quieren quienes detentan el poder, convirtiéndonos en individuos, donde prima el consumo sobre las emociones, en obreros extenuados, con salarios, a veces, mal pagados, mutándonos en máquinas laboriosas, deshumanizadas, con poco espacio para un ocio constructivo, aquel que nos enseñaron los griegos, desde los tiempos de la filosofía antigua.
De Greiff nunca escribió para complacer. Edificó un universo propio, poblado de personajes imaginarios, de ironía, de melancolía y de un vocabulario exuberante, que desafiaba cualquier molde. Su poesía fue, antes que un ejercicio literario, un acto de independencia, que hoy es necesario rescatar, en esta época en la que las mayorías viven de los algoritmos, donde se busca uniformar las opiniones y castrar el pensamiento crítico. Su obra recuerda que la libertad verdadera comienza cuando el hombre se atreve a pensar con voz propia, como ya nos enseñaron el filósofo de Otraparte, Fernando González, y su discípulo, el sociólogo Estanislao Zuleta.
Quizá ningún verso resuma mejor ese espíritu de rebeldía: «Juego mi vida, cambio mi vida; de todos modos la llevo perdida…». No es una invitación al derrotismo. Es la confesión serena de quien entiende que la existencia solo adquiere sentido cuando se arriesga por lo que vale la pena: la libertad, la dignidad, el honor, el hondo goce de crear.
De Greiff convirtió al idioma en un territorio sin fronteras: inventó palabras, mezcló ritmos, rompió convenciones y demostró que el español podía ser un instrumento de infinitas posibilidades. Su aparente complejidad escondía una defensa radical del individuo frente a todo costumbrismo o domesticación. En tiempos donde se premia la repetición y se castiga la diferencia, su obra sigue siendo una escuela de subversión inteligente.
De Greiff fue, también, un poeta de la esperanza. Aunque sus estrofas están atravesadas por el desencanto y la ironía, jamás renunció a la imaginación, como refugio de lo humano. Donde el mundo de hoy parece reducirse a cifras, utilidades o poder, él responde con la musicalidad del lenguaje; donde otros levantan muros, él abrió ventanas hacia el sueño y la utopía.
Hoy, cuando tantos jóvenes y ciudadanos sienten incertidumbre, frente al futuro, cuando la prisa desplaza la reflexión y el ruido amenaza con silenciar la cultura, releerlo es un acto de resistencia. Exige detenerse a respirar y recordar que el ser humano no solo vive de alegrías efímeras, sin trascendencia, ni de progresos mercantilistas, sino también de símbolos, de preguntas, de amor, de poesía y a veces de rebeldía, sobre el orden que nos quieren imponer.
Cinco décadas después de su muerte, León de Greiff sigue enseñándonos que la libertad no consiste solamente en decir lo que se piensa, sino en atreverse a pensar de una forma diferente. Su legado pertenece a quienes se niegan a aceptar que el mundo debe ser gris, uniforme o predecible; a quienes entienden que los tiempos cambian, que no todos somos iguales, que existen diferentes creencias, distintas religiones y formas diferenciadas de habitar la propia identidad, incluyendo la sexualidad. Porque mientras haya alguien dispuesto a jugar su vida por una idea, por un poema, por la belleza o por la libertad, la voz de León de Greiff seguirá caminando entre nosotros, recordándonos que la esperanza también puede escribirse en versos.
Orlando Díaz Atehortúa.
Columnista