

“Está lloviendo en la nevada/
arriba de Valledupar/
apuesto que el Rio Cesar/
crece por la madrugada”
Así mismo, el buen Hernando Marín en Sanjuanerita, nos dijo:
“Nace en la nevada el Rio Cesar/
pasa por San Juan la tierra mía/
en su cauce de aguas cristalinas/
donde una Sanjuanerita/
todos los días se va a bañar”
Es más: Octavio Daza en Mi novia y Mi Pueblo, nos recrea, evocando a un Escalona exacto en las imágenes y magnifico en su narración…
“Nace en la nevada/
donde muere el sol/
el lecho de río que bañan mi pueblo/
se ven sus aguas bajar corriendo/
vienen descalzas y no van sufriendo/
porque van alegres pa´ la tierra mía”
Esas vivencias -supervivencias- de Escalona con las crecientes del César también las experimentó a plenitud Isaac Carrillo cuando visitaba a Ligia o, mejor, La Guayabalera, como “Tijito” tituló a su espléndido canto…
“Pa’ la cordillera arriba
más pa’ca del limoncito (Bis)
Vive la novia de Tijito
a esa a la que llaman Ligia (Bis)
La recuerdo cuando veo
la corriente del Cesar (Bis)
que pasa por guayabal
donde vive mis deseos (Bis)
En Villanuevera, el poeta Rosendo Romero -quien se describe como un hombre de cristal con alma transparente-, se rinde un merecido homenaje a la mujer ribereña:
“Mujer, que naciste en mi pueblo/
cerquita al río, frente a la sierra”
Y, como un hallazgo elocuente, encontramos lo que parecería una contradicción interesante, si se tiene en cuenta el comportamiento de los ríos. Sin duda, se trata de dos visiones y de dos momentos. Ocurre que Fernando Dangond en Nació mi Poesía, resalta la pureza de los ríos nacidos en la Sierra Nevada…
“Porque el folclor perdura/
como el Arhuaco en la Serranía/
como el Rio Cesar en lozanía/
con sus aguas puras”
A su vez, Rosendo Romero, en la enigmática canción, “Beso de Luna”, nos muestra una realidad completamente distinta pues logra descifrar el color exacto de las aguas turbias:
“El río crecido con sus aguas de panela/
quebrando palos, arrastrando el pajonal”
Luego de esa finura poética, Octavio Daza nos hace cómplices de ese río que es sinónimo del flujo y reflujo de los sentimientos -idilio y reconciliación-. En efecto, las aguas del Río Badillo se constituyen en el mejor refugio y el más apropiado para los amantes incondicionales pues a manera de confesión, el juglar nos cuenta que:
“El rio Badillo fue testigo que te quise/
en sus arenas quedó el recuerdo de un gran amor”.
Y, si hablamos de símbolos, nada como el Río Guatapurí. Recordemos que la voz Guatapurí proviene de la lengua Chimila y significa “Río frío”. Es evidente que muchas canciones que mencionan al Río Guatapurí nos sensibilizan sobre la inconmensurable fuerza del amor.
En “Se te fueron las luces”, el autor, Josué Rodríguez, indignado, y con impotencia, le hace un reclamo a su amada en los siguientes términos:
“Te creciste como el Río Guatapurí/
porque sabes que me muero por ti”
En “Ausencia Sentimental”, el himno del festival vallenato -como se conoce a esta canción-, el compositor Rafael Manjarrez cita también al Río Guatapurí -y dos ríos más-, como un referente muy significativo pues se descalifica a las mujeres que desconocen la luz y la belleza de estos paisajes provincianos:
“Aquí hay mujeres buenas/
es absurdo pretender negarlo/
pero no las ha visto el Cesar/
Marquesote ni el Guatapurí/
ellas no han visto madrugadas llegar/
y tú sí/
siempre que te iba a serenatear”
En ese mismo entendido, el gran compositor Fredy Molina en Amor Sensible, en una afortunada figura literaria y mostrando toda su autoridad y oficio como compositor, no dudó en comparar -y ponderar-, la fuerza de su amor con el Guatapurí…
“Fredy Molina te quiere/
eres mi duda esperanza/
cuando el Guatapurí se crece/
al sentir mi pasión se calma”.
En el mismo sentido, Roberto Calderón, en El Corazón del Valle, echa mano de ese mismo símil y decide ilustrarnos sobre la compleja puja que suele presentarse entre los sentimientos y la razón…
“Se que todo río se tuerce/
pa’ buscar el cauce de un mejor andar/
y lo mismo hace la gente/
va buscando siempre la felicidad”.
Y, volviendo con los ríos andariegos, Gustavo Gutiérrez en “Lloraré” describe los sinsabores y resentimientos que generan el desengaño y entonces decide atar ese sentir, muy convenientemente, a la dinámica de los ríos…
“Ya me iré/
como el río que en turbulencia va/
en camino corriendo hacia el mar
y nadie lo puede detener”.
En este deambular nostálgico por los cantos que dialogan con los distintos ríos de la región y teniendo en cuenta el eterno debate que existe -y persiste-, sobre el origen o la cuna del vallenato -Cesar o Guajira-, es imprescindible el aporte que realiza Carlos Huertas desde su Tierra de Cantores, destacando el río de su tierra que, a propósito, desemboca en el Mar Caribe:
“Hoy se nota en la floresta/
un ambiente de alegría/
y el rumor de El Ranchería/
es más dulce y sabe a fiesta,
¡claro! si es que está Fonseca/
el pueblo y San Agustín”.
Se nos ocurre, con el pretexto de este análisis fluvial, que la inspiración tan desbordada de los compositores de otrora, en estos tiempos, ha entrado en un recio verano. Imposible comparar ese fenómeno con el que nos describe Leandro Díaz en su canto y en el que se sitúa en el gran Río Magdalena…
“Todos los pueblos del río Magdalena/
están desando, viven deseando/
que se repita este fuerte verano/
a ver si así no se “aniegan”
A manera de conclusión, se sabe que, filosóficamente, todos los ríos del pensamiento nos llevan directo a Heráclito pues el estudioso griego, en un hallazgo relevante, nos hizo ver que: “Nadie se baña dos veces en el mismo río pues ni el río ni el hombre son lo mismo”. Con toda seguridad, la postura de Heráclito explica y justifica la evolución que ha tenido el vallenato: el vallenato de los fundadores es muy diferente al vallenato de nuestros días.
Esto va: para Fidel Leottau Beleño y Mauricio Portnoy Cantillo.