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Cine bajo las estrellas iluminó por primera vez a Pozo Hondo en Villanueva

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80 niños y sus familias vivieron una noche de integración, alegría y comunidad en un barrio donde nunca había llegado una función de cine.

La tarde empezó a morir despacio en el barrio Pozo Hondo de Villanueva, al norte de Bolívar, como si el sol también quisiera quedarse a ver la función. Entre calles destapadas y casas humildes, los niños fueron apareciendo uno a uno, cargando su propia sillita, como quien lleva un boleto invisible a un espectáculo que nunca antes había visitado ese rincón del mundo.

No era cualquier jornada. Era la primera vez que el cine llegaba al barrio. Ochenta niños, acompañados por veinte padres de familia, se reunieron con una mezcla de curiosidad y entusiasmo. Los más pequeños llegaron de la mano de sus madres; los mayores, desde los siete años en adelante, se aventuraron solos, con esa independencia temprana que nace en los barrios donde la vida enseña rápido.

No hubo pantalla, pero eso no fue obstáculo. El pendón, olvidado en algún punto del camino, obligó a improvisar. Y entonces apareció la solución más sencilla: una puerta blanca, amplia, que terminó convirtiéndose en el portal hacia otro mundo. Allí, donde normalmente se abre y se cierra la cotidianidad, esa noche se abrió la imaginación.

Los uniformados del grupo de Protección a la Infancia y Adolescencia, junto con Policía Comunitaria, no solo llevaron la proyección. Llevaron color, música y cercanía. Hubo pintucaritas, globos y Polirumba, suficientes para que las risas empezaran incluso antes de que iniciara la película.

En una mesa prestada —gracias a la gestión de la líder comunitaria Aracelis Mercado— se acomodaron dulces y crispetas que desaparecían con la velocidad de la emoción. Cada niño encontraba su lugar, su silla, su espacio, mientras el barrio entero parecía acomodarse también alrededor de ese momento compartido.

La escena alcanzó su punto más inesperado cuando una vecina, que celebraba una fiesta justo al lado, decidió apagar la música. No fue un silencio impuesto, sino regalado. Bajó el volumen de su celebración para que los niños pudieran ver la película. En ese gesto sencillo se resumió el espíritu de la noche: cuando la comunidad se une, todo es posible.

Cuando la proyección comenzó, el bullicio se transformó en asombro. La puerta dejó de ser puerta y se convirtió en ventana. Los ojos se abrieron, los cuerpos se quedaron quietos y, por un momento, Pozo Hondo viajó lejos sin moverse de su calle. El comandante del Departamento de Policía Bolívar, coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, lo expresó así: “Estos espacios nos permiten acercarnos a la comunidad desde lo humano, generar confianza y ofrecer a nuestros niños entornos seguros donde puedan disfrutar y construir recuerdos positivos”.

Al final, más que una función, quedó una sensación. La certeza de que la felicidad puede llegar en forma de película, de puerta improvisada o de sillita cargada desde casa. Como lo dijo la líder del barrio, Aracelis Mercado: “Aquí nunca habíamos tenido algo así. Verlos felices, tranquilos, compartiendo… eso no tiene precio”. Y tal vez tenga razón: hay noches que no se repiten, pero sí se quedan para siempre.