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Del cilantro, las fichas y los excesos del presidencialismo…

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Por: Freddy Machado

“Vámonos, y dejemos a este señor discutiendo contra todo un continente”

-Jorge Artel-

Un país tan polarizado, no es un buen síntoma para cualquier democracia. Esto no lo estoy diciendo, simplemente, por decirlo sino porque una experiencia del pasado reciente, así me lo confirma.… Corrían los años 90’s y por razones familiares, asistí en calidad de invitado a una boda en Maracaibo (Venezuela). Eran los primeros tiempos del Chavismo y para ese entonces, los ciudadanos del vecino país, políticamente, andaban igual de “polarizados” como ocurre en la Colombia de hoy: unos, apoyaban el proyecto de Chávez y otros, respaldaban el orden tradicional.

En ese momento, la realidad mostraba una polarización muy compleja en la sociedad del vecino país: las familias estaban divididas; los vecinos y compañeros de trabajo se peleaban por culpa de la política; los dueños de los vehículos -impetuosos-, mostraban sus preferencias electorales; los comentaristas políticos generaban amplias discusiones sobre “el cambio” e incluso, hasta los niños eran protagonistas del debate.

Era un pulso muy cerrado y la discusión se caracterizaba por la excesiva pasión y por una carga de agresividad de parte de cada una de los extremos involucrados en la controversia. Es más: los rifirrafes se repetían en aeropuertos, centros comerciales, estadios, estaciones de gasolina, mercados, playas, oficinas. restaurantes, tiendas y vías públicas.

En Colombia, por estos días, empezamos a advertir un “ambiente”, muy similar y bastante enrarecido. Es claro que, los amores, y los odios, en materia política, están sueltos de madrina y los ciudadanos muestran impetuosos -como en el Maracaibo de los años 90’s- sus preferencias.

Y, todo este escenario es una señal inequívoca de que se aproximan las elecciones presidenciales en nuestro país…

Me pregunto: ¿qué nos llevó a esto? y ¿cómo podemos enderezarlo?

A manera de respuesta, asumo que la causa guarda relación con el estrambótico sistema presidencialista que nos rige pues son tan amplias las facultades que se le otorgan al primer mandatario que, con ellas, logra consolidar un dominio casi absoluto del Estado.

Desde luego que, ese sistema, no se lo inventó el actual presidente. Es un sistema que ha sido “perfeccionado” por todos los gobiernos anteriores. Es decir, hábilmente, se generó una estructura al servicio del primer mandatario, la que le permite el manejo de todos los hilos del poder (nombrar directores del Banco de la República, postular Fiscal General, postular magistrados de las altas cortes, ministros, superintendentes y representantes en muchas entidades públicas).

Y, muy a pesar de la existencia de un sistema de pesos y contrapesos, el que supuestamente garantiza neutralizar cualquier posibilidad de abusos, el hecho de que la derecha, por años, acaparara el poder y el gobierno, facilitó tal dinámica que ha permitido
concentrar el máximo de privilegios en favor del jefe del ejecutivo (eso sin incluir, el desbalance que produjo la experiencia de la reelección presidencial).

Eso explica que se asegure que el actual presidente “tiene el gobierno pero no tiene el poder”.

Esas fuerzas oscuras de “la cosa política”, nunca previeron que un hombre de izquierda, llegaría a la presidencia. Luego, ese “intruso” ha entrado a “aprovecharse” también del poderoso sistema presidencialista (nadie sabe para quien trabaja).

En efecto, ese “cambio” nunca se concibió ni estaba en cabeza de las asesores de las élites del país. La razón: el sistema creció, se aceitó y se ajustó pero, al servicio de los intereses del presidente de turno y de sus aliados.

Y, con la llegada de la izquierda, al mejor estilo de, “ábrete sesamo”, se inicia la cooptación de todos los cargos de poder pero en favor del nuevo inquilino de la Casa de Nariño.

Esto ha dicho con autoridad, y en términos académicos, Pedro Barrera Varela, refiriéndose a
los excesos del presidencialismo en la Rama Judicial. Veamos:

“34. Cómo se observa, aunque el constituyente de 1.991 quiso dotar de independencia y autonomía a la rama judicial, es un hecho que el presidente de la república ejerce una injerencia directa sobre el nombramiento del fiscal general de la nación, en 3 de los 9 magistrados de la Corte Constitucional y en 3 de los 7 magistrados de la Comisión de Disciplina Judicial…” (Barrera Varela, P. J. (2020). Dos efectos de la Covid-19 en Colombia: profundización de la desigualdad y retorno al hiperpresidencialismo. Derecho y Realidad, 18(36), 59–88. https://doi.org/10.19053/16923936.v18.n36.2020.12158)

En ese contexto, es cuando se suele escuchar una voz muy común en el Caribe (en boca de los jugadores de domino), cuando de manera reiterada empiezan a perder las partidas:

– “volvamos a revolver las fichas que no me sale juego”.

Hoy, las fichas las tiene la izquierda, y ante esa lógica contundente, la derecha sabe que si no interrumpe esa “toma de poder”, pasarán muchas décadas haciendo el papel de espectadores, observando gobernar a sus adversarios políticos.

Eso explica la polarización…

La idea de un presidencialismo excesivamente privilegiado es buena pero solo para quien ejerce como líder del Ejecutivo. Es por ello que, la derecha se encuentra ahora mirando la corrida desde los palcos y tendidos (muy lejos), y decide apostarle a la “polarización”, mostrando los equívocos del actual mandatario: su vida familiar, sus acciones de gobierno y sus salidas en falsa en los medios de comunicación.

No es fácil el momento que vive Colombia pero, como el poder embriaga tanto, si resulta razonable, entrar a considerar la conveniencia (lo más sensato) para el país, de generar un verdadero sistema de “pesos y contrapesos” que permita reducir esos excesos del presidencialismo. También puede ser una buena oportunidad para definir que aquellos que tiene mucha riqueza, la declaren sin excepción de su abolengo o fama. Incluso, que se prohíban los monopolios en procura de democratizar más la economía.

Y es que, precisamente, los aires de una democracia no pueden ser perturbados por atajos o zonas oscuras del sistema y que, ante semejante desequilibrio estructural, nos ponga en riesgo hacia el futuro ante iniciativas “personalistas”.

Una solución jurídica concertada es preferible y muy oportuna, para frenar tanta polarización producto del juego de intereses de la política y de las élites del poder. Es bueno el cilantro pero…