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Henry, amigo, ¿Dónde te pongo el sol?

Por: Álvaro Monterrosa Castro

A Henry Vergara Sagbini muchos le conocen por su labor médica. Miles de niños de Cartagena, de Bolívar y de los departamentos vecinos, afectados por situaciones sencillas o complejas, destructoras de las benditas horas que causan felicidad para padres y familia, han pasado por sus manos humanitarias y serviciales. Con sus productivos setenta años a cuestas, todavía acude presuroso a su consultorio de pediatra, con la energía derivada de las aguas y la estricta fundamentación que recibió por años en uno de los templos sagrados de la atención de infantes, la siempre presente “Casa del Niño”.

Antes de la pandemia del COVID-19, le veía andar por las calles cartageneras bajo el sol canicular llevando consigo “las armas” y “las herramientas más letales y mortíferas”, para destruir todas las situaciones que quitan la dicha y la ternura de los niños: el conocimiento, la experiencia y la dedicación apostólica que aprendió de sus profesores de la escuela de medicina de la Universidad de Cartagena.

Una tarde, mientras examinaba y hablaba con una de mis pacientes, hace más de un par de años, me dijo que Henry la atendió cuando era niña, igual que a sus hermanos, hijos y sobrinos. Recuerdo que se estiró en la mesa de examen, dejó volar los recuerdos, no sé a quién agradeció algo en el fondo de su ser, me miró, sonrió inmensamente y asintiendo con la cabeza, todo al tiempo y sin palabras me dijo que era un pediatra especial, mezcla de ciencia y papá, que los jarabes los mezclaba con un cariñito en la cabeza, las pomadas con un dibujito y las vacunas con una cancioncita: “sana, sana, colita de rana, si no sana hoy, sanará mañana”. Y se rió con sabrosura y desparpajo.

A Henry muchos le leen. Para algunos, su columna semanal de prensa es el acompañamiento para la mogolla integral y el café tinto matutino del injustamente día menos deseado y más aciago de todos, los lunes. Con su prosa nostálgica y costumbrista, encendida con luz fosforescente, llena de olores cartageneros, sabores caribeños y la añoranza de los tiempos apacibles del ayer, rompe en astillas y muele implacablemente la realidad social de ahora, para hacernos participes de la podredumbre, el olvido, la discriminación y otras fieras que pululan por doquier.

Hace varios años, mientras esculcaba documentos de la historia de la medicina cartagenera, identifiqué su labor incansable y sublime de recogedor de sueños rotos. En papeles húmedos y fotografías arrugadas, le vi llorar con el tallo de la flor destrozada contra su pecho y a sus pies, la que debió ser La Margarita más apreciada, adorada y celosamente cuidada por los cartageneros, con todos sus pétalos arrancados y repartidos. “Uno para allá, otro para acá, uno para allá, otro para acá”. El Hospital Universitario de Cartagena. Del camión de la basura ya en marcha, corriendo, rogando y rogando sacó los bustos en mármol de dos gestores de la medicina de Cartagena. Dos laboriosos cartageneros que modernizaron la enseñanza de la medicina y la atención en el antiguo Hospital Santa Clara, cambiando los candiles del siglo XIX por las bombillas incandescentes del XX, remontando los estragos de la Guerra de los Mil días. Gracias a Henry se salvaron de perderse para siempre los emblemas del médico apostólico en su labor, humano en su pensar, científico en su respirar, apasionado a diario y en esencia caritativo. Si usted desea verlos, allí están los bustos, en un pasillo de ese edificio de diez pisos de Zaragocilla, que no pierde la esperanza de sonrojarse cuando le lleguen los prometidos momentos de gloria. El día que la somnolienta, desprevenida e indiferente Cartagena, en medio de la brisa y al ritmo de la champeta de agosto del 2006 vio por vez primera al Hospital Universitario del Caribe, debió enterarse que entre sus impulsores – con miles de horas anónimas de trabajo de día y noche -, estaba Henry. De su puño y letra, escribió un memorial que pegó en una de las paredes y un libro diciendo: “Nunca más, que no te cierren nunca más, mi gigante manso de Zaragocilla”.

A Henry muchos le escuchan. Por años, a diario o semanalmente, ha tenido en sus manos los micrófonos de varias emisoras cartageneras para lanzar por las ondas hertzianas sus botellas desesperadas de náufrago solitario, buscando el cumplimiento de los derechos a la atención, a la asistencia y a la protección en salud de las poblaciones menos favorecidas, especialmente de los niños más vulnerables y desvalidos.

En los tiempos modernos, ha sido tal vez el único médico de la ciudad de Cartagena de Indias que se ha preocupado hasta el extremo por defender al paciente y a su familia. Defenderlo de todo y en todo lo extenso de la palabra, con énfasis en lo psicosocial. Defenderlo de la enfermedad, del ambiente insalubre y salitroso, de la carencia de higiene y servicios, del olvido y la indolencia que colapsa los pulmones y estalla las vísceras. Desde un fugaz y pasado cargo gubernamental como defensor del paciente, así como desde su actual embestidura propia y perpetua viene cumpliendo un extenso periplo por estancias, oficinas, juzgados y tribunales, entregando las necesidades de su gente. Sin pena y eso sí, con mucha gloria le he visto pedir monedas y especies para ayudar generosamente a los niños enfermos de cáncer y a sus acompañantes, para contribuir con los pequeñines afectados de enfermedades graves adquiridas o congénitas, que han sido alejados con desprecio por los entes de salud, que agitados se espelucan mirando para otros lados.

A Henry, a ese colega que les he dibujado sin grandezas en los párrafos anteriores, muchos le escuchamos llorar al aire, en directo por radio, hace un par de semanas, convertido en víctima de uno de los miembros de la sociedad que a diario busca proteger. Inmensa paradoja, verdad que hiere, insólita e increíble. En la frecuencia del dial donde todos los miércoles en la mañana clama y brinda apoyo a los más urgidos, le envió un mensaje pasmosamente respetuoso, eso sí enérgico, altamente educado y envuelto en humildad, al agresor de su hijo médico y cirujano, quien fue atacado vilmente y sin consideración con el casco de motociclista por el familiar de un paciente en el ámbito de un hospital en Cartagena.

  • “Casi me mata a mi muchacho”.

Lo repitió una y otra vez, con la voz rota y seca la garganta, pero con la suficiente fuerza para que el viento metiera su dolor de hombre de bien, solidario y virtuoso, en todos los rincones de una sociedad enferma e intoxicada. Sin ocultamientos dejó ver lo desgarrado que estaba en sus nobles sentimientos de médico, padre y abuelo. Habló exigiendo a los gobernantes, lo que en aras a la verdad, no es necesario exigir porque está implícito en las responsabilidades.

Henry, amigo, ¿dónde te pongo el sol? Vivimos en un conglomerado humano altamente perdido y sin rumbos, sin horizontes, que desconoce la realidad de la pandemia actual y sus dimensiones, que se cree superior y se olvidó de Dios como principio personal, que hace la ley por su mano, que lleva la violencia tatuada en todas las arrugas de la piel, que cree en la fuerza destructora y en la supervivencia salvaje, como la única forma para afrontar esta tragedia mundial que puede acabar con la humanidad. Sucede lo impensable, pareciera que las personas olvidaron quién es el médico dentro de la aldea en que vivimos, de qué están hechos y cuál ha sido su camino. No se entiende cómo el médico llegó a ser incomprendido por su comunidad, a qué horas pasó a ser desconocido en su verdadera labor, agredido, victimizado, estigmatizado, atacado y discriminado. Henry, amigo, sigue tu labor de defensor del paciente y su familia, el camino es inmensamente largo, ahora estamos bajo un ardiente sol generador de numerosos rayos y necesidades, solo los médicos los pueden diferenciar.

La realidad es fuertemente enigmática y este minuto que vivimos pareciera ser oscuro, difícil, caprichoso o hasta irónico. Precisamente a este su primer hijo médico e injustamente maltratado, cuando aún era adolescente, Henry le dedicó un artículo de prensa que tituló: “Hijo, ¿dónde te pongo el sol?, diciéndole recomendaciones y enseñanzas para la vida, advirtiéndole que ahora todo parece estar en el momento y en el lugar equivocado.

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