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La fila…

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Por: Freddy Machado

“La fila interminable y ondulante, compuesta por hombres de razas y condiciones diversas, parecía una serpiente de vértebras humanas que dormitaba a través de solares y plazas, por entre bazares abigarrados y mercados ruidosos, y se salía de las calles de aquella ciudad fragoroso de traficantes de paso”. -Gabriel García Marquéz – La Candida Erendida y su abuela desalmada-”

Esa idea -muy colombiana- de asumir que no existe mortal con más capacidad de aguante que los nacidos en el país del Sagrado Corazón, se confirma -día a día-, en el instituto democrático pero, perverso, de la «fila».

La fila es una rutina muy antigua, y al tiempo, es el reino de la presunción de la buena fe, las buenas costumbres y el disparate universal.

El que ingresa a una fila, de esas que tanto se hacen en Colombia, desafía no sólo los límites de la paciencia sino que también pone en juego el equilibrio y lo más sano de la ponderación. Es más: «el trancón» de todos los días, ese que tanto nos agobia en autopistas, avenidas y carreteras -justo en la mal llamada “hora pico”-, no es más que un concepto evolucionado y motorizado de la fila.

El trancón, es una etapa superior de la fila y un ejercicio o práctica del desgobierno.

Y, los más necios, suelen afirmar sobre la fila, que es un símbolo de poder. Desde esa perspectiva equivocada, se asume entonces que una oficina pública en la que no se cuente con dolientes haciendo «filas», es una entidad ineficiente y que debe descalificarse (liquidada).

Los sectores más conservadores de la sociedad, aseguran que la fila promueve la disciplina social y la convivencia civilizada. Sin embargo, el abuso de tal instituto es producto de la misma humanidad.

Las filas son frecuentes en los Bancos, en las entidades públicas, en Dollar City y hasta en la Olímpica.
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En las filas conviven personajes y se desarrollan situaciones, que desnaturalizan su origen democrático. La dinámica y la mecánica de la fila es impredecible. La fila se “rompe” y se corrompe. La fila se alarga y se engorda. La fila se aprieta, se endereza, se redirecciona y hasta se multiplica en sub-Filas y en un sinnúmero de laberintos.

En las filas habita también ese cínico vendedor ambulante que aprovechando tu imposibilidad de desplazarte, ante el temor de perder el puesto de preferencia que defiendes, opta por especular, ofreciendo sus productos a precios escandalosos.

Y ni qué decir de esos fantásticos personajes que pregonan «compro boleta que sobre», los que como diría Gabo, hacen parte del espectáculo y que se hacen presente tanto en la taquilla del Hotel del Prado en los Carnavales de Barranquilla como en las corralejas de Sincelejo. Lo peor es que sin saber de Richard Wagner o de Frédéric Chopin, impunes, se les suele ver a comienzos de año en el festival de música clásica en Cartagena a comienzos de año, ponderando sobre las calidades artísticas del invitado especial al último concierto.

Lo peor no son los famosos señores de «compro boleta que sobre», los que representan una versión más sutil del antiguo oficio de “revendedor” pues también se sabe de la existencia de un “espécimen” muy mágico que suele llegar muy temprano a hacer la fila extensa y que luego, sin pudor, pone en venta su puesto, al mejor postor.

A su vez, siempre he creído que es indescriptible la sensación o ese “coge-coge” que se arma en las filas, un minuto antes que los desalmados empresarios se dignen abrir las puertas del espectáculo o la oficina pública correspondiente. En esa experiencia (vivencia), nos toca sacar lo «champetuo que hay en uno» ante el temor de perder el exclusivo puesto en una fila.

Una población genéticamente contraria a la disciplina social y a la convivencia pacífica, tiene el deber de encontrar formas superiores para organizar los turnos en esta rutina diaria de “hacer filas”.

Es terrible que uno llegue temprano a la fila y faltando quince minutos para iniciar el evento, se reúna un grupo de personas que han llegado retrasadas y, con la indolencia más grande, orondos, instalan una fila paralela que cuestiona la legitimidad de la fila oficial y con total descaro, generan un caos total.

Les confieso que he sufrido varias filas a las afueras del Estadio Metropolitano de Barranquilla por asistir a las eliminatorias del mundial de fútbol y en ese sitio, donde se transpira una ñtemible temperatura que también la experimentan los equipos visitantes. En Barranquilla, en esas eliminatorias, no nos sorprende la montaña de cinturones decomisados por la policía, por razones de seguridad, lo que genera la baja de precio en el mercado negro de los cinturones de la Arenosa.

Pues bien, existen filas que agotan, filas extensas que te derrotan, filas de filas y filas de “campeonato mundial”, filas interminables que cuando estas a punto de “coronar” suele aparecer en la taquilla el angustiante letrero de “boletería agotada”.

Lo inaudito es que se han inventado miles de alternativas para evadir las filas pero esos nuevos propuestas implican un mayor costo para el espectáculo. Son conceptos como zona VIP, zona platino o, recientemente, los famosos palcos. Es una selección condicionada por el factor económico. Se paga un mayor valor ante la promesa de aliviarnos de las aglomeraciones y para garantizar una mejor “comodidad”.

En todo caso, la fila no morirá, ella vive y supervive porque nació para acompañar a los mortales como un pretexto para mejorar la convivencia pero, a empujones.