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La razón. Siempre la razón por encima de la pesadumbre

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Por: Orlamdo Díaz Atehortúa

Epígrafe

Que tus despertares te despierten.

Y que al despertarte, el día que comienza te entusiasme.

Y que jamás se transformen en rutinarios los rayos del sol que se filtran por tu ventana en cada nuevo amanecer.

Y que tengas la lucidez de concentrarte y de rescatar lo más positivo de cada persona que se cruza en tu camino.

Y que no olvides saborear la comida detenidamente, aunque solo sea pan y agua”.

Plegaria hebrea.

Hay momentos de la historia y también de la vida personal en los que la pesadumbre parece imponerse sobre la esperanza. Los acontecimientos cotidianos, las tensiones políticas, las incertidumbres y las derrotas aparentes pueden conducir al desánimo. Sin embargo, precisamente en esos momentos resulta indispensable recordar que la razón debe estar siempre por encima de la tristeza.

Pepe Mujica encarna buena parte de esa enseñanza. Pasó largos años privado de la libertad durante uno de los periodos más complejos de Uruguay y, aun así, nunca convirtió el sufrimiento en resentimiento. Solía decir:

“Los únicos derrotados son los que dejan de luchar, y dejar de luchar es dejar de soñar”.

Su enseñanza era sencilla y profunda: los verdaderos triunfos no consisten en ganar siempre, sino en desarrollar la capacidad de levantarse y volver a empezar después de cada caída. Entendía la existencia como una lucha permanente por construir un futuro más fraterno, más igualitario y más humano.

Por eso, hoy más que nunca no debemos dejarnos vencer por las cuitas de la ansiedad, ni menos de la tristeza.

Lo que sí es imperioso recordar es que vivimos en un Estado de Derecho. El respeto por las reglas electorales constituye una garantía esencial de la democracia. Los mecanismos preliminares de información cumplen una función orientadora, pero la determinación oficial de los resultados corresponde a los escrutinios establecidos por el orden jurídico.

La prudencia democrática exige esperar la culminación de ese procedimiento. No se trata de alterar la voluntad popular; se trata precisamente de garantizar que cada voto sea correctamente contabilizado y que la legitimidad repose en la confianza institucional.

Hoy parece que la razón se hubiera convertido en una moneda extraña. Con frecuencia aparecen actitudes beligerantes, discursos de odio y expresiones de mezquindad que, lejos de unir, profundizan las fracturas sociales.

Más allá de los protagonistas del momento político, conviene preguntarnos si el lenguaje público contribuye al encuentro ciudadano o si, por el contrario, alimenta la división.

La historia enseña que las sociedades avanzan cuando sustituyen la confrontación absoluta por el debate democrático.

¿Cómo olvidar aquellos periodos históricos donde el acceso al conocimiento permanecía restringido y el pensamiento crítico encontraba límites severos?

Posteriormente, surgiría la Ilustración, impulsando una idea transformadora: la razón, la educación, el conocimiento y la libertad como motores del progreso humano. Se cuestionó el poder absoluto y se sembraron principios que luego inspiraron la defensa moderna de los derechos fundamentales y la igualdad política.

Sabido se tiene que la historia nunca avanza en línea recta.

En 1945, el mundo contempló uno de los hechos más devastadores de la historia contemporánea: el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Aquella tragedia dejó una profunda reflexión sobre los límites de la guerra y sobre la responsabilidad ética del poder.

Años después, Japón adoptó una nueva Constitución de orientación pacifista y emprendió un proceso extraordinario de reconstrucción que terminaría convirtiéndolo en una de las principales potencias industriales y tecnológicas del planeta.

La historia demuestra entonces algo poderoso: incluso después de las noches más oscuras, las sociedades pueden volver a levantarse.

También ocurrió durante las décadas posteriores, cuando nuevas generaciones impulsaron transformaciones culturales, sociales y políticas; cuando surgieron movimientos que reclamaban paz, libertades civiles e igualdad.

Figuras como Martin Luther King Jr. recordaron que la dignidad humana no admite categorías y que es posible combatir la injusticia, sin renunciar a la palabra, ni a la esperanza.

Por eso, hoy tenemos que ser pacientes y esperar.

Se recuerda que los resultados preliminares muestran una diferencia estrecha entre las candidaturas y que, hasta la culminación oficial de los escrutinios, corresponde mantener serenidad democrática. Igualmente, la participación ciudadana registrada constituye uno de los hechos más relevantes del proceso electoral reciente.

Más allá del desenlace final, millones de ciudadanos han expresado una visión de país y una voluntad de participar activamente en la construcción democrática.

Eso también es una victoria.

Todo ello deja un aprendizaje.

La idea ahora es seguir soñando con un país mejor y esperar con paciencia los resultados definitivos. Sustituir el discurso del pesimismo por uno de optimismo democrático.

Y si al final el resultado favorece al candidato que cada quien respaldó, corresponderá ejercer una oposición seria, consecuente, respetuosa y firme; un contradictorio, sin frases denigrantes ni mensajes de odio.

El mundo y Colombia, en otras épocas, han logrado salir de la oscuridad para caminar hacia nuevas etapas de luz.

Terminemos entonces con Mujica:

Pertenezco a una generación que quiso cambiar el mundo. Fue derrotada, fue golpeada, pero sigo soñando que vale la pena luchar para que la gente pueda vivir un poco mejor y con un mayor sentido de equidad, de fraternidad y de igualdad”.

Orlando Díaz Atehortúa

Columnista