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Esos Nike son míos…

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Por: Freddy Machado

“Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé/
En el quinientos diez, y en el dos mil también”
-Tango Cambalache/Discépolo-

La indolencia, y la insensibilidad, siempre han sido posturas imprudentes. Nunca nos dejará de sorprender la falta de humanidad y el irrespeto por nuestros semejantes. Lo peor es que esas prácticas abundan hasta en las peores situaciones. Esta historia -que confirma lo dicho-, me la narró un antiguo servidor judicial que laboró en los tiempos de los juzgados de instrucción criminal (guardo la esperanza que antes de terminar mi relato, vendrá a mi memoria el nombre del judicial que me regaló tan extraña historia).

El caso, se centra en el desarrollo de una diligencia de levantamiento de cadáver. Se trató de un homicidio “en plena vía pública”. Un típico “9-01”, como suele llamarse en el argot policial.

Y, todo arrancó con la central de policía y su informe radial (“Zeus llamando a Omega”), anunciando que el cadáver estaba ubicado por los lados del canal del barrio 1o de mayo, el mismo que lleva las aguas residuales hasta la Ciénaga y que para esa época, ya empezaba a servir de frontera imaginaria, entre los jóvenes del sector La Pintosa y Los Boludos, los que siempre se mantenían en disputa.

Las diligencias preliminares -lo que hoy serían los actos urgentes- no resultaron fáciles para los primeros policías que llegaron al sitio pues un ejército de curiosos se agolparon junto al difunto y solo cuando llegó la patrulla de la Unidad de Reacción Inmediata, se pudo cumplir con la ceremonia de siempre: la rutina de levantar la sábana que cubría al occiso, la misma que momentos antes debió ser facilitada por un buen vecino (Ese elemento -la sábana-, es un aporte anónimo por razones de solidaridad y respeto a la memoria del difunto).

La diligencia se desarrolló en ese lapso de tiempo llamado “momento bisagra”, es decir, ese periodo de transición que muchos suelen describir con la frase: “estaba entre claro y oscuro”. Una vez la autoridad cumplió con el ritual de “levantar la sábana”, se escuchó un prolongado…

– Ohhhhhhhhhhh.

La expresión, que denotaba una falsa sorpresa, la entonaron, precisamente, el grupo de curiosos que llega tarde a la escena y los domina la impaciencia por ver el rostro del difunto.

La policía judicial, en el ejercicio de su labor, mostraba competencia, jerarquía y estaban bien articulados en eso del trabajo en equipo (uno tomaba las huellas del occiso, otro se encargaba de las fotografías, un tercero describía las heridas para los apuntes del encargado de elaborar el borrador del acta). Los investigadores hasta sacaban tiempo para regañar a los presentes, exigiéndoles que guardaran la distancia y que hicieran silencio pues muchas voces se dedicaba a dar a conocer, las andanzas e identidad del difunto. Lo más curioso era que si a esos espectadores se les pedía que rindieran una declaración jurada, se replegaban y salían en retirada.

Y, de repente, salido de “no sé dónde”, irrumpió un joven, con un ímpetu desagradable. El “aparecido”, con voz de trueno, expresó:

-Yo lo sabía, tenía puestos mis Nike… Luego, marcó territorio: – !Esos Nike, son míos !

Del “personaje” recién llegado, se llegó a saber que era un familiar cercano del occiso y muchos de los presentes se sintieron defraudados pues en vez de estar consternado por la muerte de su pariente, renegaba por la suerte corrida por sus zapatos deportivos.

Uno de los técnicos de la policía judicial aprovechó para preguntarle por la identidad y los datos generales de la persona fallecida pero el joven ignoró tal requerimiento y se mantuvo totalmente desentendido sin ofrecer apoyo.

Lo suyo era descalificar y desaprobar el destino de sus “Nike”.

El muchacho no escuchaba y, en cambio, seguía indagando sobre cuál era el procedimiento o el trámite expedito para reclamar la entrega de sus “zapatos”. Los investigadores, fastidiados, y bien molestos por la suprema indolencia del extraño, a manera de burla, le hicieron creer que en estos casos era necesario realizar una consignación en la sección de depósitos judiciales del Banco Popular y después, debía ir hasta los despachos de los juzgados, en el viejo Ganem de la calle del Porvenir, en cumplimiento de un severo protocolo.

El jubilado de los juzgados que me contó la historia (creo que era de apellido Puerta), aseguró que aun mantenía vigente en su memoria, la imagen del muchacho dirigiéndose a llorar, justo al pie del muro del Canal 1o de mayo, muy resabiado y con una tristeza infinita. Una última cosa, los que me conocen, saben que no soy de los que “traga entero”; esto me llevó a solicitar al relator de tan triste episodio judicial que aclarara cierta inconsistencia: cómo explicaba el hecho de que para los tiempos de instrucción criminal no se tenía noticia en el país de la marca de zapatos “Nike” pues eran tiempos en que reinaban “Los Croydon”…

El veterano de los juzgados -(creo que se llamaba Alberto o Adrián), riéndose en mi cara, me desarmó con estas palabras:

– Juro que no te miento, lo que pasa es que la historia está adaptada a los nuevos tiempos…