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El nuevo rol del profesor universitario

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Por: Orlando Díaz Atehortúa

Causa profunda preocupación un estudio reciente realizado por la Alianza 4 —conformada por EAFIT, UNINORTE, ICESI y CESA, entre otros empresarios por la educación— aplicado a 1.200 estudiantes de 122 instituciones universitarias públicas y privadas del país. Sus conclusiones son delicadas.

Siempre se ha dicho que el profesor universitario tiene una doble misión. La primera, evidente y medible: transmitir el saber disciplinar, ese conjunto de conocimientos que podríamos llamar las habilidades duras del oficio. La segunda, menos visible pero igualmente exigente: formar personas. Cultivar criterio, sentido ético, disposición al diálogo. Lo que algunos denominan habilidades blandas, que son en realidad las más vitales en una sociedad que requiere de profesionales con un alto sentido moral.

Hace poco me correspondió realizar y vigilar un examen de seguimiento. Una alumna cometió un error al marcar una opción incorrecta, falencia que le rebajaba un punto. Entró en pánico. Lloró en silencio. Había obtenido 3.5. Pensé en enviarla a bienestar estudiantil o a psicología. No obstante, preferí invitarla a un café. Ese día, su desayuno había sido muy ligero.

Y precisamente eso es lo que trata esta columna.

El estudio arroja que el 12,5% de los universitarios han tenido intentos de suicidio, con una problemática marcadamente femenina: las mujeres muestran un riesgo del 16% frente al 8% en los hombres. En materia de depresión, medida con la escala PHQ-9, los resultados indican niveles de angustia moderada en el 22,4% y severa en el 17,9% de la población evaluada, alcanzando en conjunto un 40,3%. Entre las causas primarias de riesgo se identifican la depresión, la agresión entre pares, el consumo de sustancias estupefacientes y el uso excesivo de redes sociales.

Una de las defensas más efectivas señaladas por el estudio apunta al bienestar general como herramienta para reducir este fenómeno. La conclusión es clara: la salud mental es la base del aprendizaje.

Y es ahí donde entra el profesorado.

No se trata de convertir al docente en terapeuta, ni en consejero psicológico. Se trata de algo más sencillo y más humano: tener ojos atentos y oídos finos. Detectar las señales de este caótico fenómeno. Siendo preferible escuchar al estudiante, conocer sus cuitas y necesidades, antes de escalar a una derivación formal hacia bienestar estudiantil o psicología. El docente no puede ser invasivo. Debe saber escuchar, saber mirar, ser sensible. Esa sensibilidad es, en sí misma, una forma de enseñanza.

Sencillamente: es el alumno a quien nos debemos, bajo los principios más elementales del humanismo. Sin estudiantes, no somos nada.

Orlando Díaz Atehortúa

Columnista