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31 mayo 2026

El Club, su vigencia y las elecciones

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Por: Freddy Machado

Los clubes sociales nacen, crecen y, hoy, lamentablemente, muchos ya no sobreviven: atraviesan procesos de liquidación o simplemente se extinguen en silencio. Son, en esencia, organizaciones privadas concebidas para el esparcimiento, la práctica del deporte y la interacción entre sus miembros.

Los clubes nunca han sido “moneditas de oro”. Sus detractores los consideran espacios excluyentes, asociados a las clases altas. Sin embargo, no puede generalizarse: han existido clubes en todos los niveles sociales y para todos los gustos.

En Cartagena, estas instituciones tuvieron su esplendor —especialmente en las décadas del 50, 60 y 70—, y de esa época, entre otros, persisten: el Club Cartagena, fundado en 1891, el que sigue en pie y aferrado a su historia; el Club Naval de Oficiales (1939), con sus instalaciones privilegiadas; y el Club Unión (1953-2025), el que por estos días apagó su luz.

En esos años de esplendor, la idea de los clubes no tardó en expandirse. Otros sectores de la ciudad replicaron el modelo, adaptándolo a sus propias dinámicas. En el Pie de la Popa, en Crespo, en Blas de Lezo, por ejemplo, surgieron espacios que hoy pertenecen más a la memoria que al presente: el Club Popa, el Club Guanipa, el Club de Amigos. Lugares donde la vida social encontraba su propio escenario.

Existe una teoría urbana que asegura que los clubes sociales surgen porque, en sus primeros tiempos, el cartagenero auténtico prefería residir en casas y caserones. Evidentemente, esa generación, en su imaginario, siempre descartó la posibilidad de ir a vivir a apartamentos o conjuntos residenciales. Incluso, descalificaban esas viviendas como “cajas de fósforo”.

Y, con la consolidación de los edificios modernos y los conjuntos residenciales, a esos inmuebles se les dotó de todo eso que los clubes ofrecían como un plus: salón de eventos, piscinas y las áreas de deporte y recreación.

Luego, siguiendo con la teoría que explica la decadencia de las asociaciones, los clubes quedaron rezagados por razones económicas y en ese tránsito, los afiliados empezaron a hacerse una pregunta inevitable: ¿qué sostener? ¿La cuota del club o la administración del edificio o conjunto residencial?

Es duro —muy duro— sostener esas dos obligaciones.

En verdad, cuando un club desaparece, no solo se pierde un espacio físico; se borra, poco a poco, la memoria de una comunidad.

Pues bien, con este escrito, no he venido a imponer mi visión personal sobre los clubes, sus valores culturales y su decadencia. Mi interés se centra en hacer una reflexión sobre el momento que vive el club de mis amores: el Club de Profesionales.

Se asegura que el club nació como una respuesta a la necesidad de los profesionales cartageneros, provenientes de todos los estratos y recodos, interesados en consolidar un espacio para la integración con sus pares y para ofrecer a sus familias unas excelentes instalaciones donde compartir y recrearse.

Eran tiempos en que la única universidad que existía en Cartagena, era la universidad fundada por Bolívar en 1827 y los profesionales egresados de esa Alma Mater, no gozaban de unas instalaciones que les permitiera interactuar y optimizar sus ratos de descanso.

Es bueno aclarar que si UD. quiere conocer la historia completa y bien contada del Club de Profesionales, nada como escuchar sus orígenes de la voz autorizada del Dr. Ruderico Trujillo Prins.

Pero, hoy el Club de Profesionales está en riesgo de desaparecer. Su Junta Directiva se reúne, por estos días, buscando alternativas, soluciones y alianzas estratégicas que permitan superar su actual crisis.

En tiempos de crisis, algunos afiliados estiman que los clubes han pasado de moda pero esa perspectiva no es del todo cierta. Mucho menos cuando vivimos en una ciudad eminentemente turística en la que
los espacios de esparcimiento se cierran y se limitan para los locales, privilegiando a los foráneos.

En ese escenario tan nostálgico e indispensable -en términos de costos-beneficios-, tiene sentido que los afiliados sigamos luchando por la continuidad del Club de Profesionales. La idea consiste en repensar el Club, en hacerlo más viable y en garantizar su permanencia para las nuevas generaciones.

Sin duda, es un pulso que implica cambiar de políticas y mejorar su misión en procura de un Club fuerte, sólido y capaz de adaptarse a los nuevos tiempos.

El hecho de reconocer la crisis no es un signo de derrota; es, más bien, el primer paso hacia la reinvención: ¿cómo devolverles sentido a los clubes en un mundo que ya no es el mismo? La invitación es a a buscar nuevas y mejores estrategias.

Por último, quizá todo se reduzca a una convicción sencilla: cuando la oscuridad parece más densa, es porque el amanecer se aproxima. Que el sol, finalmente, vuelva a brillar para todos los clubes…