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El verdadero reto de ser ‘padre’: cuando el amor no es suficiente

Maira Martínez Castellar Comunicadora Social y Periodista
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Por: Maira Alejandra Martínez Castellar

En una sociedad donde la paternidad se mide por los lazos de sangre, es fácil olvidar que ser un verdadero padre va mucho más allá de la genética. La paternidad no es un título que se otorga al nacer un hijo, sino un compromiso diario de amar, apoyar y estar presente. Pero, ¿qué hace a alguien un verdadero padre?

La paternidad es una elección. No es solo un rol, es una decisión constante de involucrarse en la vida de un hijo, de enseñarle, de escucharlo, de consolarlo. Es un trabajo arduo que requiere sacrificio, paciencia y un amor incondicional. Sin embargo, muchos hombres se sienten perdidos en este rol, sin saber cómo ser el padre que su hijo necesita. Pero no solo los padres biológicos enfrentan este desafío. Los no biológicos también deben navegar por un camino similar. La clave para ambos es la comunicación abierta, el respeto mutuo y la disposición de aprender y crecer juntos. No es necesario ser el padre biológico para ser uno verdadero; lo que importa es la calidad del tiempo y el amor que se brinda.

Ser duro no construye vínculos, construye distancias:

Muchos hombres confunden autoridad con dureza. Creen que para ganarse el respeto deben marcar territorio desde el día uno: voz fuerte, reglas rígidas, cero cariños o muy pocos, con el fin de crear un «respeto» y nos olvidamos de que el amor también hace parte de la formación. Eso de que la letra con sangre entra, ya está abolido. No significa que no pondremos límites, es poner límites sanos, sin acusar, sin crear pensamientos negativos en el niño, sin crear inseguridades. Pero los vínculos no nacen del miedo, nacen de la seguridad. Un niño no se acerca a un padrastro que lo corrige todo, pero nunca lo abraza. No se abre con una madrastra que le exige, pero nunca le pregunta cómo se siente. La disciplina sin conexión solo enseña a obedecer; la conexión con límites enseña a confiar. Y solo desde la confianza nace eso que llamamos «papá» o «mamá», aunque no haya sangre de por medio.

Hace algún tiempo, mirando redes sociales, me topé con un video con el cual no pude evitar llorar, de hecho, aún lloro cuando me acuerdo (los que me conocen saben lo sentimental que soy). Te cuento la historia de Raúl: Raúl llegó a la vida de ella cuando tenía diez años. Cuando su madre llegó a recogerla en la salida del colegio, sus compañeritos preguntaron: «¿Y quién es él?». Y ella, casi sin importancia, levantando los hombros, dijo: «Ah, él es Raúl, el novio de mi mamá». Siempre respondía «Es Raúl». Así, sin apellido, sin rol. Raúl estuvo en cada proceso: le enseñó a montar bicicleta, la acompañó en cada cambio, en cada etapa, con amor y sin prisa por el título. Ella, a la que nunca le supe el nombre, se graduó con honores de bachillerato, y precisamente él fue quien la acompañó. Cuando llegó la hora de presentar a su novio, quien pediría su mano, en medio de la reunión, ella los presentó a todos, y cuando de repente se escucha una voz desde la cocina que dice: «La cena está lista, pueden pasar», y el novio preguntó: «¿Y quién es él?», ella no dudó: «Él es Raúl. Mi papá».

Raúl no impuso el nombre. Se lo ganó. Día a día, bicicleta a bicicleta, colegio a colegio. No llegó exigiendo respeto. Llegó dando presencia. Y la presencia, con el tiempo, se vuelve paternidad. La sociedad necesita más hombres que se comprometan a ser presentes, a ser amorosos y a ser ejemplos de integridad. Necesitamos figuras paternales que entiendan que la paternidad es un viaje, no un destino.

En este mes del padre, recordemos que ser un verdadero padre es un reto que vale la pena. Es un viaje de descubrimiento, de crecimiento y de amor. Es un compromiso con la vida, con la familia y con el futuro. Así que, si eres padre, o si quieres serlo, recuerda que no es solo un título, es una misión.

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