Opinión

Carta de un sandiegano a un getsemanicense

Rodolfo Mejia
Carta de un sandiegano a un getsemanicense

¡Ay!
Barrio de Getsemaní
Con tus grandes deportistas
Boxeadores, beisbolistas
Cantantes y pregoneros

Por: Antonio José Meneses Cardona

 

Querido hermano Getsemanicense:

Te escribe un Sandiegano de nacimiento, crianza y corazón. Soy, para quienes no me conocen, de esos cartageneros que aprendimos a querer a nuestra ciudad, no solamente por sus murallas, sus balcones y sus plazas, sino por el bullicio de sus calles, las tertulias perniciosas en las esquinas, por la interacción con los vecinos que son “conocidos” de toda la vida y por aquellas fiestas de
noviembre que comenzaban mucho antes de que alguien anunciara oficialmente su programación.

Te escribo con la nostalgia de recordar a San Diego, tu barrio vecino, separados apenas por la Matuna, pero unidos por siglos de historia, por la alegría popular, por tener en algún momento esa rivalidad deportiva y por esa manera tan cartagenera de vivir la vida.

No vengo a darte lecciones y mucho menos a decirte cómo debes cuidar tu barrio. Deben saber que conozco a tu JAC y déjame decirte que están en buenas manos. Mi intención es darte a conocer todo lo que nos pasó a nosotros, con la esperanza de que no se repita la historia.

Porque, hermano Getsemanicense, a los vecinos de San Diego se nos fue “muriendo el barrio” sin que se derrumbara una sola muralla y ni una sola tabla del Circo Teatro.
Las casas siguen allí, mucho más hermosas, coloridas y restauradas. Es más: algunas ya son Hoteles Boutique, otras son Villas de veraneo. Las fachadas lucen impecables, los balcones florecen, los restaurantes prosperan y los turistas recorren encantados las mismas calles por donde alguna vez corrimos descalzos y gritábamos llamando a la puerta -o balcón- del amigo para que salieran a jugar.

Y, ese cambio, por sí mismo, no tiene nada de malo. No estoy renegando del turismo, ni de la inversión privada, ni del progreso. Sería absurdo desconocer lo que representan para la economía de Cartagena. Tampoco pretendo juzgar a las familias que decidieron vender sus propiedades, muchas veces se marcharon, atraídas por oportunidades económicas que difícilmente habrían imaginado.
Pero una cosa es que un barrio progrese y otra muy distinta es que, en nombre de ese progreso, termine perdiendo a quienes le dieron su identidad.
Es una realidad, que, en San Diego, la expansión hotelera, el aumento del valor de los inmuebles y la creciente demanda de propiedades por parte de inversionistas nacionales y extranjeros fueron cambiando poco a poco la composición del “vividero”.
Primero se fue una familia, después otra, más adelante se cerró aquella tienda donde todos comprábamos, fiamos y era centro de encuentro. El vecino que conocía la historia desapareció de cada casa y calle, se apagaron entonces las conversaciones de los vecinos sentados en el pretil de sus casas al caer la tarde, se acabó el ludo y el domino en las esquinas y hasta se nos fue, producto de la pandemia, el “último de los mohicanos”, nuestra Esquina Sandiegana.

Hoy, con mucha nostalgia, comprendimos que San Diego sigue existiendo como lugar, pero había dejado de ser aquel barrio que conocimos.

Con todo, nos quedaron las calles sin vecinos y si bien nos quedaron las casas, se echan de menos los hogares de los sandieganos y con tanta ausencia, se fueron también nuestras fiestas.

¡Ay, hermano Getsemanicense!, si tú supieras lo que daría por volver a vivir todas esas experiencias, en este mismo orden… “el tintililillo – Ángeles somos”, cada 1° de noviembre, el bandito de San Diego para dar apertura a las fiestas novembrinas y en esa época, comprarle los buscapiés a mi vecino de ese entonces en la Portobelo – hoy en la calle del Jardín-, las guerras de bolsitas de agua y por último, el campeonato navideño de golito en la plazoleta de las Bóvedas.

Hoy, en San Diego, todas esas tradiciones han desaparecido. No porque los Sandieganos hayamos renunciado y dejado de quererlas, sino porque muchos de nosotros ya no vivimos allí para reafirmarlas. Las generaciones actuales no tienen “vocación hereditaria” y es por eso que vuelco mis ojos hacia ti, Barrio de Getsemaní.

Es que cada vez que deambulamos por tus calles, incluso, en esta temporada de tanta mistura barrial tradicional con gentrificación expansionista, todavía encuentro algo de aquella Cartagena que llevo guardada en el corazón.
Todavía encuentro vecinos que se saludan por sus nombres, residentes de antaño sentados en la plaza de la Trinidad, niños pateando un balón de noche, elevando barriletes y montando caballitos de palo, familias que conservan sus raíces, muchachos que se reconocen como hijos del barrio y una comunidad que, pese a las transformaciones urbanas, se resiste a perder su esencia popular.

Señores Getsemanicenses: sé que tampoco la tienen fácil. La gentrificación también toca tus puertas todos los días. Los hoteles, alojamientos turísticos y bares se multiplican y el valor de sus casas generan intereses económicos cada vez mayores.
Pero sigue vigente algo invaluable, una comunidad raizal que conserva el sentido de pertenencia y que puede seguir transmitiendo sus tradiciones pues no en vano allí nacieron los lanceros liderados por Pedro Romero. Sin duda, por las venas de ustedes corre resistencia.

Por eso te escribo esta carta, no para pedirte que detengas el tiempo, sino para suplicarte que no permitas que el tiempo se lleve todo lo que te hace único.

No dejen morir el “tintililillo”, que los niños sigan cantando por las calles, que los vecinos junto con el comerciante, empresario del gastrobar, hotel o restaurante, continúen aportando para el sancocho, que el cachaco, el gringo y el francés, junto con los raizales, aprendan que compartir una olla comunitaria también es una manera de construir ciudadanía, solidaridad, cultura, turismo y sentido de pertenencia.

Señores Getsemanicenses: no dejen morir el Cabildo de Getsemaní, esa hermosa manifestación popular que tradicionalmente cierra las celebraciones novembrinas y que representa mucho más que un desfile de música, disfraces y
comparsas.

El Cabildo es memoria, es historia heroica, es identidad y es el orgullo de un barrio que ha sabido celebrar su recorrido histórico con alegría. La idea es que esa fiesta siga siendo una fiesta hecha por los Getsemanicenses, para los Getsemanicenses, y compartida generosamente con todos los cartageneros y visitantes.

Y, te hago una petición especial, hermano getsemanicense:
¡No dejen morir la bola de trapo!
Cuiden ese campeonato como se cuida una herencia familiar. Es béisbol y ese juego es un patrimonio inmaterial. Ocurre que la bola de trapo no es simplemente una emulación callejera de la pelota caliente. Es el Pedregal convertido en el “Fenway Park” de Boston, donde todos ustedes son managers y aficionados y en donde pueden dar a conocer esta práctica a propios y a foráneos. Esa pasión cartagenera, el béisbol, no podría tener un mejor escenario que el Baluarte de San José, porque allí no solamente se batea una “bola de trapo”, también corre la historia de un barrio.

Getsemanicense, quiero que comprendas bien mis palabras.
No estoy proponiendo una Cartagena detenida en el pasado, condenada a vivir de la nostalgia ni cerrada a quienes vienen de otras tierras, a disfrutarlas o a invertir.
Cartagena siempre ha sido una ciudad abierta al mundo. Su historia está hecha de encuentros, intercambios y transformaciones.
Lo que propongo es algo mucho más sencillo, que el desarrollo económico y la identidad cultural puedan caminar de la mano, sin que uno tenga que sacrificar a la otra Que podamos recibir miles y miles de visitantes sin expulsar de nuestra memoria a quienes construyeron nuestros barrios.
Que podamos restaurar las casas sin desarraigar sus historias.
Que podamos celebrar la prosperidad sin avergonzarnos de nuestras costumbres populares.
Porque una ciudad no es solamente su arquitectura, una ciudad también es su gente, sus recuerdos, sus celebraciones y sus maneras particulares de encontrarse.
San Diego y Getsemaní son barrios dentro del mismo Centro Histórico. Hemos compartido la cercanía de nuestras calles, las alegrías de nuestras fiestas y hasta esas rivalidades de antaño, pero hoy siento que mi barrio tiene una advertencia que hacerle al tuyo.

San Diego es la nostalgia de lo que fuimos. Getsemaní todavía puede ser la esperanza de lo que no debemos dejar que se extinga.
Por eso, ahora en noviembre, salgan a sus calles, celebren el Tintililillo, disfruten, respeten y hagan respetar su Cabildo, y que nunca muera la Bola de Trapo.
Que los abuelos les cuenten a los nietos cómo era el barrio de antes. Que los padres enseñen a sus hijos a sentirse orgullosos de ser de su barrio. Que el Reguetón ni sonidos emergentes ahoguen el “Soy Getsemanicense”. Que las autoridades comprendan que proteger el patrimonio histórico de Cartagena no consiste solamente en conservar piedras, balcones y murallas, sino también en defender las condiciones que permiten que sus comunidades tradicionales permanezcan vivas.

Y que quienes inviertan en Getsemaní comprendan que su mayor riqueza no está únicamente en el valor comercial de sus inmuebles, sino en la autenticidad cultural que sus habitantes han construido durante generaciones.

Por eso, querido hermano, te dejo esta misiva, sin amargura, sin resentimientos y con todo el cariño que puede existir entre dos barrios. No permitan que Getsemaní se convierta en un hermoso lugar para visitar, pero en un recuerdo imposible de habitar.

En definitiva, que siga coexistiendo el barrio con todos sus matices pues las murallas pueden durar siglos, pero las tradiciones solamente sobreviven mientras existan personas que trasciendan y transmitan a las nuevas generaciones.

Y si alguna vez alguien te pregunta por qué un Sandiegano se preocupa por Getsemaní, dile que es porque conoce demasiado bien el dolor de perder, sin abandonar físicamente el barrio donde disfrutó su infancia y gran parte de su vida.
No dejen apagar la llama de la autenticidad de Getsemaní, la llama de lo autóctono, lo popular, lo tradicional y lo chacharachero.

Esa llama suele apagarse por el desgobierno, la gestión indebida y por la práctica de la gentrificación.

Me despido con el afecto de siempre, con la nostalgia de ayer y con la esperanza de un mejor mañana.

Con sumo respeto,

Antonio Meneses Cardona.-

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