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El paraguas y el espíritu burlón e la lluvia…

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Por: Freddy Machado

“Que llueva, que llueva/
la Virgen de la Cueva”
-Canción infantil-

Todos sabemos que Bogotá es una ciudad lluviosa, y por eso, en la capital existe un objeto cuyo uso se hace imprescindible: el paraguas. En momentos de lluvias, el artículo es muy apreciado por esos peatones que deambular por el centro de la ciudad (especialmente por las carreras 7a y 8va o por las calles 10a y 19). Y, cuando los cerros orientales se cargan de nubes negras, los vendedores de paraguas, por arte de magia, aparecen con las primeras precipitaciones y hasta disfrutan del momento pues antes que resuenen los primeros truenos que recorren los recodos y los viejos edificios del centro (espantando a tantos fantasmas de los tiempos de la colonia), los comerciantes informales, de manera ventajosa, duplican los precios del producto sin contemplación.

Esta dinámica de la ciudad me ha obligado a llevar siempre conmigo un paraguas y de manera discrecional, mantuve cierta preferencia por uno en el que se publicitaba el logo del sindicato al que orgullosamente pertenecí.

Me gustaba el paraguas por sus colores verde y blanco pues eran distintos a los colores institucionales de la capital -rojo y amarillo- presentes en todas las oficinas públicas y en la propaganda oficial. Uno de los vocales del sindicato, nacido y criado en Bogotá, me advirtió desde mi llegada a la capital, que el paraguas también cumplía funciones de seguridad y por tanto, debía tenerse como un arma de defensa, necesario en esa jungla del centro lleno de “carteristas” y amigos de lo ajeno.

La verdad es que los primeros días residiendo en Bogotá, con frecuencia, dejaba los paraguas olvidados en los taxis o los cafés cercanos al Palacio de Justicia. Esa “mala práctica” la superé después de aquella tarde de semana santa en la que me pegué “la mojada de mi vida”, en uno de esos “diluvios capitalinos, acompañado por un infeliz viento de páramo. Lo más triste es que en esa jornada lluviosa, los taxistas no me quisieron llevar a casa. Esa experiencia me obligó a ser más disciplinado con el uso del paraguas y se volvió entonces una rutina su “compañía”.

Me mentalicé de tal manera que, resultaba más factible dejar olvidado el celular y la billetera, antes que mi paraguas del sindicato. Pues bien, les estoy contando esta historia porque la dignidad no tiene precio y cuando uno es orgulloso, no puede ceder ante las tentaciones… Ocurrió un domingo del mes de junio, justo cuando el comercio promociona el día del padre. Mi familia me invitó a celebrar en uno de esos restaurantes en los que es imprescindible gestionar la reserva previa y en donde, por más que se alegue, no existen excepciones.

Ese día disfruté de la comida en abundancia y abusé del exquisito vino que compartí con los míos. Olvidaba decirles que había llovido y como portaba el paraguas del sindicato, lo dejé reposando en el jardín interior de la casona donde funciona el restaurante, procurando que no goteara el recinto. Desde luego que, a la salida del lugar, no lo reclamé -lo dejé olvidado- y ya en casa, echaba de menos mi servicial adminículo.

Dolido por el suceso, mi descuido y mi falta de disciplina, les aseguré a mis familiares que regresaría al distinguido restaurante a reclamar lo que me pertenecía. Mi mujer y mis hijos se indignaron pues les parecía ridícula mi postura. Los Camilos -mis hijos-, los que ahora parecen bogotanos, me reclamaron pues era mi deber entender cómo funcionaba las cosas en la capital. También me llamaron la atención sobre la imposibilidad de detenerse en esas pequeñeces.

La apuesta estaba 100 a 1 en contra de que el paraguas regresaría y aseguraban que me disponía a realizar el “oso” del año. Insistí en que no me apenaba regresar al restaurante y dos días después asumí mi tarea. En el sitio, me atendió el administrador, luego de superar el interrogatorio del portero encargado de recibir a los comensales en la entrada, el mismo que con severidad interrogaba a nombre de quién se hizo la reserva.

El administrador era un hombre de baja estatura, muy serio y con una corbata de color rojo. Luego de escucharme con atención, me dijo, mientras me condujo hasta un salón ubicado al lado del jardín interior -y muy cerca del sitio donde dejé olvidado el paraguas- que era muy común esos olvidos en las personas mayores. No hice contacto visual con el administrador después de semejante insulto y preferí ignorarlo.

En el salón, el hombre de la corbata roja me mostró un armario gigante y con amabilidad me invitó a tomar uno cualquiera de los mil paraguas que dejaban olvidados los clientes. Incluso, me sugirió que me llevara el más fino de los paraguas olvidados. Señores, recuerdan que antes les había anunciado que el asunto era de dignidad… Esta es la razón: de entrada, ubiqué y rescaté el paraguas del sindicato con sus característicos colores verde y blanco, un poco desteñidos por los aguaceros del ayer. Un tanto molesto por la insinuación del administrador, le abrí los ojos, argumentando que solo me interesaba un paraguas en particular y era el del logo del sindicato.

El administrador seguía insistiendo en que podía seleccionar un paraguas más elegante y funcional pero por físico orgullo, volví a negarme. Con excesiva firmeza me mantuve en que exclusivamente había venido por mi paraguas pues me unía a él toda una historia de huelgas, marchas, protestas y escaramuzas en el centro de la ciudad, circunstancias que lo hacían único e intransferible. Lo último que les contaré es que, al llegar a casa, victorioso y con la dignidad incólume, mi familia, que siempre dudó de mi gestión en favor de recuperar el artículo, se mostró supremamente sorprendida al verme con el paraguas de siempre. Un poco sobrador, me limité a decirles: “No hay duda, después de la tempestad, lo que sigue es la calma”.