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Por: Orlando Díaz Atehortúa
En estos tiempos de ruido, las bibliotecas son, silenciosamente, uno de los últimos bastiones de la civilización. Ellas guardan, a través de los años, formas de resistencia contra la opresión y el olvido. Desde la antigua Grecia han desempeñado la función de ser el corazón democrático del conocimiento. Y hoy, cuando la información llega a raudales y parece infinita, lo cierto es que la comprensión y la crítica en la lectura escasean. Jorge Luis Borges imaginó el paraíso bajo la forma de una biblioteca. No era una metáfora ingenua. Entendía que en esos espacios se juega la libertad del pensamiento. Ya sea una biblioteca pública o personal, estos nichos de sabiduría adquieren una relevancia renovada en casi todo el mundo.
Pero el presente inquieta. Ray Bradbury nos había advertido de un futuro donde los libros desaparecen no solo por la censura, sino por el desinterés, que es peor. Hoy asistimos con preocupación a un fenómeno que mezcla ambas amenazas. Y es que en los Estados Unidos se están restringiendo lecturas, se retiran títulos y se presiona el cierre de bibliotecas bajo argumentos morales o ideológicos que, en el fondo, revelan un miedo al pensamiento crítico.
Los fanatismos, llámense religiosos, políticos o culturales, encuentran en los libros un enemigo natural. Movimientos de ultraderecha, envalentonados por discursos de líderes como Donald Trump, han promovido campañas de censura que persiguen cualquier contenido que desafíe su visión del mundo. Sus postulados, revestidos de moralismo, buscan imponerse como verdades incuestionables.
No es un asunto menor. El debilitamiento de las bibliotecas es también el menoscabo del conocimiento científico y del debate crítico. Sin lecturas profundamente incorporadas en el ser, el pensamiento se vuelve frágil, manipulable. La ignorancia, por el contrario, es terreno abonado para los discursos simplistas.
Casos recientes lo evidencian. Obras de Gabriel García Márquez, como El amor en los tiempos del cólera o Cien años de soledad, han sido cuestionadas o retiradas de escuelas en estados conservadores como Texas, Tennessee y Florida. La historia, tristemente, se repite. Basta recordar la quema de libros en la Alemania nazi. Y no hace falta ir tan lejos. En Colombia, el exprocurador Alejandro Ordóñez defendió la quema de libros como un acto pedagógico. La frase, por sí sola, retrata el abismo.
Hoy, además, el clima político se contamina con otra forma de empobrecimiento: el lenguaje. Algunos ciudadanos parecen admirar a los candidatos que más gritan, que confían en la agresión como estrategia y en la desmesura como espectáculo. Todo se vale con tal de ganar. Se lanzan frases incendiarias para luego matizarlas como meras metáforas. Pero en países como Colombia, donde el exterminio de la Unión Patriótica dejó miles de víctimas, el lenguaje no es inocente. Las palabras preparan el terreno a los hechos.
Conviene entonces estar alerta. Los símbolos del odio, incluso aquellos que creíamos enterrados, reaparecen en los márgenes del debate público. No todo se vale. Cuando la política renuncia a la mesura, la cultura se debilita y la sociedad entera se vuelve más vulnerable. Defender las bibliotecas, en este contexto, es abogar por un lenguaje más riguroso, una memoria más viva y una ciudadanía menos manipulable, porque en el silencio de la biblioteca no solo se resguardan libros: se protege también la posibilidad de no repetir la historia.
Orlando Díaz Atehortúa
Columnista