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¿Y quién le pone el alma?

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Por: Eduardo Escolar

Hacer música clásica en Colombia es ya de por sí una empresa quijotesca, pero intentar hacerlo en la Costa Caribe equivale a tocar el Adagietto de la 5ta sinfonía de Mahler en medio de la nada: bello, sí, pero completamente ignorado, y en ocasiones, hasta hostilmente recibido.

Se asume —desde ciertos centros de poder cultural— que el talento, si es real, se abrirá paso por sí solo, que el arte no necesita contexto para florecer. Pero eso es una falacia cómoda. En realidad, la música clásica necesita un ecosistema: público, espacios, formación, crítica, inversión. Y estos elementos, en regiones “periféricas” como la nuestra, o bien escasean, simplemente no existen o no son una prioridad. Hay salas. Hay pianos. Pero no hay públicos y gestores formados. No hay circuitos que le den continuidad a un proyecto, por más que se ofrezca gratuitamente.

Aquí, ni regalado se acepta el esfuerzo. ¿Por qué? Porque incluso el regalo necesita ser deseado.

El músico costeño que escoge el camino de la música académica se convierte en un exiliado dentro de su propio territorio. Es visto como un extraño, como alguien que «no hace música interesante», que se desvía de lo que se espera culturalmente de él. Porque en nuestra tradición popular —rica, vibrante y legítima como es— lo clásico ha sido históricamente malinterpretado: se le ve como elitista, foráneo, innecesario. Como si no hubiese belleza en un cuarteto de cuerdas que se inspirasen en el viento del Magdalena o en los silencios del desierto guajiro.

Y aun cuando uno decide darlo todo, tiempo, energía y hasta trabajo sin paga, el sistema sigue cerrado. Porque no es solo falta de dinero: ES FALTA DE VISIÓN. No hay política pública cultural que entienda a la música clásica como parte de la identidad colombiana —no solo bogotana, no solo universitaria, no solo capitalina— sino como un vehículo posible para el alma del país entero.

Entonces, ¿qué nos queda?

¿Volver a mirar la música clásica como un negocio, si ni regalándola se recibe? ¿Reducirla a proyectos autoimpuestos y con suerte a festivales esporádicos? ¿O insistir, con el romanticismo de los que creen todavía que el arte no solo se vende, sino que también transforma?

Quizá la pregunta de fondo no es si nuestros territorios están preparados para este género. Tal vez sea al revés: ¿estamos nosotros, los músicos, preparados para resistir desde lo imposible? ¿Es la música clásica una mercancía o es una trinchera? ¿Una inversión o una forma de redención?

Y sobre todo: ¿cómo lograr que la música que nace del alma vuelva, también, a tocar el alma de quienes nos dirigen, gestan la cultura, administran los espacios culturales y la escuchan?